The Weeknd incendia Madrid con un directo descomunal al que le falta alma

Abel Tesfaye ha llevado la gira After Hours Til Dawn al Riyadh Air Metropolitano de Madrid con un despliegue visual que roza lo absurdo de tan grande. Cuatro años de gira, tres discos condensados en dos horas y la sombra de un adiós: el canadiense ha dejado caer que este podría ser su último recorrido bajo el nombre de The Weeknd.

El escenario ya es una declaración de intenciones. Una estatua dorada de Hajime Soroyama preside el centro, rodeada de los restos de una ciudad arrasada. Figurantes con túnicas rojas y máscaras doradas abren las puertas. Modo secta. The Weeknd no aparece con una entrada triunfal; simplemente está ahí, con una máscara de ojos iluminados en rojo. Es probablemente lo único contenido de toda la noche.

Desde el primer tema, todo se llena de láseres, fuego y más fuego. ‘São Paulo’ despliega una cantidad de llamas difícil de procesar. Y entonces llega ‘The Hills’ y la supera con creces. El cierre con ‘Moth To A Flame’ suma fuegos artificiales a la mezcla. Es casi abrumador. Visualmente, no hay ni un solo momento en el que el espectáculo baje de intensidad. El problema es que los efectos rara vez van ligados a una narrativa. Hay un agujero negro en la pantalla, la estatua humea, pero falta un concepto que ate todo eso.

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El repertorio funciona como un recorrido por todas sus eras. Las dos horas se pasan volando. Hay atención especial a ‘Hurry Up Tomorrow’, su último disco, y apenas un guiño a ‘Kiss Land’ con un fragmento de ‘Professional’ colado durante ‘Save Your Tears’. La ausencia que duele: ‘In Your Eyes’, fuera de la lista en todas las fechas. El tipo hizo cinco noches en Wembley sin cambiar una coma.

El sonido acompañó, que no es poco en un recinto de estas dimensiones. La voz de Tesfaye deslumbró desde el arranque con ‘Baptized In Fire’ y ‘Open Hearts’, pero donde realmente se luce es en los momentos más quietos: ‘Given Up On Me’, ‘Niagara Falls’ y esa sucesión de golpes que encadena ‘I Feel It Coming’, ‘Die For You’, ‘Wicked Games’ y ‘Call Out My Name’. Lo que consigue con la voz es innegable.

Lo que no consigue es transmitir algo más allá de la corrección. Abel Tesfaye hace exactamente lo que se espera de una superestrella de su nivel. Ni más ni menos. Cuando asegura que «la primera noche es la más importante y tenemos que asegurarnos de que sea mejor que la segunda y la tercera», o repite por décima vez que ama Madrid, la cosa suena a guion aprendido. La sección de ‘Out Of Time’, donde baja a cantar con alguien del público —él bordándolo, la otra persona sin dar una nota—, es el momento más genuino y divertido de la noche. Alguien de su equipo tuvo una idea brillante ahí.

Pero es un destello. El resto del directo mantiene una distancia emocional que contrasta con la magnitud de todo lo demás. No hay peso real detrás de su destructivo álter ego. No hay vulnerabilidad. Hay un espectáculo descomunal, un repertorio impecable y una voz que justifica la entrada. Lo que falta, y resulta irónico tratándose de alguien cuyas letras hablan constantemente de vacío afectivo, es precisamente eso: corazón.

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