Maria Blanco, voz y compositora del trío madrileño Mäbu, reivindica la austeridad como bandera en una conversación donde habla de México, duelo, familia y el disco que lleva todas sus lágrimas y todas sus risas.

El discurso de Mäbu suena contracorriente. Mientras la industria acumula pistas, coros pregrabados y secuencias, ellos llevan años haciendo exactamente lo opuesto. Guitarra, bajo, percusión y voz. Tres personas. Nada más.
«Somos el resultado de las carencias que hemos tenido», reconoce Maria Blanco. No pudieron permitirse más músicos. La economía mandaba. Pero en lugar de lamentarse, convirtieron la limitación en identidad. «Es como: ¿qué podemos hacer con tu refri? Tienes un limón, un pimiento y una sardina. Haz el pedazo de plato con eso. Haz la exquisitez con eso».
La banda prepara su vuelta a México de la mano de un festival importante en España. Para Maria, cruzar el charco es algo casi heredado. Sus padres se dedicaban a la música. Su padre falleció, pero su madre lleva 50 años viajando a territorio mexicano. «Presentarnos en México es honrar a mi familia también», dice. No habla de conquista comercial. Habla de raíces.
Su disco ‘El Sonido de Una Tierra Escondida’ nace de un lugar muy personal. Las canciones las compone ella: melodía, letra y concepto. Empezó a los 20 años porque quería cantar sus propias historias. Ahora, más madura, la escritura le sale distinta. «Este disco lleva todas mis lágrimas, todas mis risas, todas mis alegrías, porque es un disco que queríamos hacerlo desde lo más personal posible». Hay resiliencia, hay lucha, pero también algo que suena a soltar lastre. Apreciar lo que ya tienes. Dejar de mirar lo que falta.
«La validación externa a los artistas siempre ha sido un talón de Aquiles y yo quería huir de eso», confiesa. Esa frase resume bien la filosofía del grupo. No buscan llenar grandes recintos vacíos de alma. Prefieren salas pequeñas donde la música respire de verdad.
Lo que defiende Mäbu es casi una postura ética. Si te lo curras mucho, lo sencillo suena grande. No necesitas capas y capas de producción para emocionar. Ellos lo han comprobado durante años, noche tras noche, en escenarios donde caben decenas de personas y no miles. Y ahí siguen. Intactos. Con un limón, un pimiento y una sardina. Cocinando algo que sabe mejor que muchos banquetes.



