Billy Corgan convierte el Mellon Collie en epopeya sinfónica y conquista Madrid

Billy Corgan llevó su relectura orquestal de ‘Mellon Collie and the Infinite Sadness’ al Palacio Vistalegre de Carabanchel, y lo que ocurrió allí fue mucho más que un concierto de nostalgia. Fue un ejercicio de transformación radical: el disco que definió a toda una generación de los noventa, despojado de distorsión y reconstruido con cincuenta y seis músicos y cuarenta voces corales.

La propuesta era arriesgada desde el principio. Tomar un álbum doble de Smashing Pumpkins, forjado en capas de grunge, destellos pop y atmósferas góticas, y pasarlo por el filtro de una orquesta sinfónica con esencia operística. La Mad4Strings fue la elegida para el reto. Cuerdas predominantes, un arpa amparando desde la esquina junto a un piano, violines, chelos, contrabajos, vientos de metal y madera, y un coro que revestía cada momento álgido bajo la batuta del director James Lowe.

La puesta en escena abrumó desde el primer instante. Visuales inmersivas que trasladaron al escenario la dualidad conceptual del álbum: amanecer contra atardecer, luz contra oscuridad, sol contra lluvia. Todo con evocaciones a Metrópolis. Una experiencia sensorial que golpeó de lleno en los ánimos de un Vistalegre que había ido a reencontrarse con su disco.

Cuenta atrás para el DalecandELA Fest 5 2026Cuatro días de música solidaria en el Puerto Viejo de Getxo con leyendas del pop-rock espa
días

Y entonces llegó él. Billy Corgan se hizo esperar hasta el quinto tema, ‘Thirty-three’. La ovación fue inmensa. Un gigante de rostro aniñado, enfundado en un abrigo-túnica negro de corte teatral, se plantó frente a un público que ya era todo recuerdos y conmoción. Su interpretación de ‘Zero’, ‘1979’, ‘To forgive’ y una revisión final de ‘Tonight, tonight’ fue apabullante. Cada una de esas canciones pesaba el doble en formato sinfónico, con Corgan sublime con su voz y hierático en su presencia.

Lo que muchos echaron de menos fue precisamente eso: más Corgan. En casi dos horas de concierto, el grueso del repertorio recayó sobre tenores, sopranos, mezzosopranos y barítonos que asumieron el protagonismo. Estuvieron a la altura. La mezzosoprano Zoie Reams firmó una versión grandiosa de ‘Bullet with Butterfly Wings’. La intimidad recreada de ‘In the Arms of Sleep’ funcionó con una delicadeza que el original apenas insinuaba. La contundencia industrial de ‘X.Y.U.’ mutó en algo distinto y genuino. Pero el público no había ido solo a escuchar el disco. Había ido a escuchárselo a él.

Ahí estuvo la paradoja de la noche. El reto más difícil no era técnico, sino emocional: sustituir la distorsión del rock original por un sonido inédito y que siguiera doliendo igual. Lo consiguieron. Las melodías que todos conservamos en la cabeza estaban ahí, tapizadas de un latido clásico que en algún momento costó reconocer, pero que no traicionaba el espíritu de aquellas canciones. Lo que faltó fue la presencia constante de quien las escribió.

Corgan lo tenía claro. Para él, lo importante eran los músicos, el disco y el público. Agradecido en todo momento, cediendo protagonismo como un maestro de ceremonias que sabe que la obra es más grande que quien la firmó. Para el público, en cambio, lo importante se escapaba entre las manos cada vez que él abandonaba el escenario.

Madrid fue una de las ciudades europeas afortunadas junto a Londres y París en acoger esta fantasía sinfónica. Dos noches en Vistalegre. Dos noches para redescubrir un disco que nos situó en el mundo cuando todavía no sabíamos qué hacer con él. Corgan sigue predicando su evangelio escapista, experto en huidas y caballero de la redención en mitad del caos. Se fue como siempre se va: dejándonos con ganas de más.

La música indie, en tu WhatsAppNoticias, discos y conciertos en el canal de Escena Indie. Gratis y nadie ve tu número.
Unirme al canal

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *