Dos pistas. Treinta y cinco minutos. Un disco que se niega a jugar con las reglas de nadie. Salva Alambre publica en Repetidor ‘Otra Nube De Polvo’, un álbum construido sobre dos suites largas que funcionan como universos cerrados y autosuficientes.

La jugada es deliberada. Componer dos piezas de cerca de dieciocho y diecisiete minutos en 2026 es un acto político. Un escondite frente a los algoritmos, aunque sea simbólico. Y sobre batallas perdidas, ya se sabe, se han escrito las páginas más fascinantes de la historia. Las que caben en los pies de página.
El primer bloque, “In memoriam. El anillo de Gante. Salamandra. Copas rotas”, se divide en cuatro movimientos que mutan sin pedir permiso. “In Memoriam” arranca con teclados oscuros y ecos que pueden recordar a Décima Víctima, percusiones de ethio jazz y redobles que enlazan con la guitarra eléctrica en algo que suena a Joy Division sedados con alprazolam de más. Electrónica disonante. Mucha bruma.
“El anillo de Gante” entra con violines y cajas de ritmos. Alambre canta sobre bases que miran a Kraftwerk y percusiones cercanas a Jon Hassell, pero después las armonías árabes tuercen el camino hacia una especie de exótica progresiva que quizá no exista como género pero que aquí tiene todo el sentido. El tema se apaga y una orquestina disonante abre paso a “Salamandra”, donde los samplers evocan un Renacimiento revisitado por Wendy Carlos. “Copas rotas” cierra la suite con un giro inesperado: pop bellísimo de caligrafía dream pop. El tipo de canción que haría sonreír a Charlie Mysterio y a Kiki d’Aki.
La cara B, “Orfeo. Hathor. Colores nuevos”, no baja la ambición. “Orfeo” combina piano, arreglos orquestales y Silver Apples; deambula entre psicodelia de rayos láser hasta que la batería progresa con fuerza y dobla hacia territorios donde aparecen conexiones con Panda Bear y El Guincho. Ennio Morricone y Henry Flynt copulando en una isla desierta llena de palmeras de plástico. La imagen es de la reseña original y es demasiado buena para no repetirla.
“Hathor” —también el título de uno de los mejores discos de Igor Wakhévitch— percute con loops insistentes, tac tac tac, mientras violines que se desperezan van descomponiéndose en moléculas. Las cadencias orquestales conducen hacia “Colores nuevos”, el cierre. Silencio. Loops que levantan una muralla de shoegaze. Silencio otra vez. «Te hubiera dado colores nuevos para pintar nuestro cielo», canta Alambre, y un tecnopop de aire sacramental recrea un ambiente de introspección cósmica que funciona como punto final perfecto.
Según la web de Repetidor, estamos ante «un álbum íntimo donde el artista murciano reflexiona con sensibilidad sobre la fugacidad de la vida y sobre aquellos aspectos que escapan a nuestro control». Es una descripción justa, pero se queda corta. Lo que hace Salva Alambre aquí es hibridar estilos con una naturalidad que desarma. Pasan muchas cosas dentro de estas dos suites. Demasiadas para un solo escucha.
Alambre sigue imperturbable a cualquier tendencia. Va a lo suyo con una independencia que no se negocia. En un momento en el que todo se mide en segundos de atención, ‘Otra Nube De Polvo’ exige que te sientes y te quedes. El algoritmo muere como Narciso. El disco sobrevive.



