Robyn Hitchcock publica ‘The Confuser’, su álbum número 25 en solitario

Robyn Hitchcock cumple 73 años y más de medio siglo de carrera sin haber dejado de buscar el ángulo raro. ‘The Confuser’ es su vigésimo quinto disco en solitario, grabado en Nashville con su círculo habitual de colaboradores.

Hay algo terco en Robyn Hitchcock. En los setenta, mientras el punk arrasaba con todo, él fundó The Soft Boys y se fue hacia la psicodelia, el surrealismo lírico y las guitarras que citaban a Syd Barrett sin el menor pudor. Era una anomalía entonces. Lo sigue siendo ahora.

‘The Confuser’ se ha grabado en Nashville, ciudad que nadie asociaría con su universo pero donde vive desde hace años. Le acompañan músicos de confianza, entre ellos Emma Swift, su pareja y cantante, y Kimberley Rew, antiguo compañero en The Soft Boys, que participa en cuatro temas.

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–días

Hitchcock se define como «surrealista musical». Esa etiqueta, que básicamente le da licencia para hacer lo que le venga en gana, aquí se traduce en canciones que arrancan desde la psicodelia de los sesenta, pasan por el nervio del power pop y en algún momento se acercan al folk sin más adornos.

El disco abre con “I am this thing”. Primera frase: «Le debo mucho a la polla de un muerto». En boca de cualquier otro sonaría a provocación vacía. En la suya suena a lógica interna del personaje. La canción lleva un bajo con aire funk, guitarras con wah-wah y un estribillo pegadizo sobre identidad y huida.

A partir de ahí, cada corte tira por un sitio distinto. “My dead astronaut” arranca hablando del espacio y acaba siendo una elegía. “Yesterday’s rain” tiene una cadencia que recuerda al Morrissey posterior a los Smiths. “Breathless” cambia de velocidad tras un tempo reposado y es la única canción del disco que parece mirar hacia adentro.

“The vanishing kind” destaca por sus guitarras contenidas y armonías vocales, con ecos de Luke Haines y The Auteurs. En “Building from the ruins” llega el giro más inesperado: un bajo que remite al ‘Second Coming’ de The Stone Roses debajo de una guitarra con rastros de Hendrix. Y “How to feel alright” convierte esa misma energía en algo más cercano a Bo Diddley, casi un single si a Hitchcock le diese alguna vez por editar uno.

Lo que hace este disco interesante no es la variedad en sí, sino la mirada. Hitchcock lleva más de cuarenta años al frente de su proyecto en solitario y sigue metiendo la mano en una caja sin fondo para sacar de ella una guitarra, un astronauta muerto, una aparición o cualquier cosa que no debería estar ahí. Sus fantasmas habituales —la psicodelia, el humor, lo macabro— siguen presentes, pero cada vez encuentra una forma distinta de ponerlos en escena.

Veinticinco discos en solitario. 73 años. Y el tipo sigue buscando el ángulo que a nadie más se le habría ocurrido. Eso, a estas alturas, ya no es excentricidad. Es oficio.

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