Papangu desató el caos en la Sala El Sol y nadie pudo explicar qué pasó

Algo más de un centenar de personas se plantaron en la Sala El Sol un jueves de agosto para ver a los brasileños Papangu dentro del ciclo Mad Psych Fest organizado por Nooirax Producciones. Madrid medio vacía, una propuesta que no regala nada al oído cómodo y una sala que no se llenó. Nada de eso importó lo más mínimo.

Antes de que llegara el huracán desde Paraíba, los madrileños King Fucking Mob abrieron la noche con su stoner instrumental cruzado de progresivo y experimentación. Cuarteto sin voces que encontró en la incorporación del violín a buena parte del repertorio un arma de diferenciación real. En un género donde es fácil terminar repitiendo caminos, ellos se las arreglaron para esquivarlos. Dejaron el terreno listo para lo que venía, arropados por un buen puñado de seguidores, amigos y familia.

Y entonces llegó Papangu. Nacidos en João Pessoa en 2012, tres discos a sus espaldas y una pregunta que flota desde el primer compás: «¿Qué demonios está pasando aquí?». Rock progresivo, zeuhl, black metal, jazz, psicodelia y ritmos del nordeste brasileño conviviendo en las mismas canciones sin que nadie pida permiso. Escrito así suena a accidente garantizado. Sobre el escenario funcionó rematadamente bien.

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Rodolfo Salgueiro ocupaba el centro, parapetado tras sintetizadores y teclados, alternando instrumentos con las voces. Pero hablar de líder en Papangu es complicado. Esto es un colectivo. A su izquierda, Hector Ruslan metía guitarra y unas voces guturales que empujaban todo hacia territorio casi black metal. Al otro lado, Pedro Francisco hacía de todo: guitarra, flautas, y todavía le sobraba tiempo para acercarse a los teclados de Salgueiro. Uno de esos momentos definió la noche mejor que cualquier explicación: Francisco y Salgueiro tocando los teclados a cuatro manos mientras el primero seguía simultáneamente con la guitarra. Cinco tipos comprobando hasta dónde podían complicar las cosas sin provocar un accidente. Detrás, George Alexandria a la batería y Marco Mayer al bajo sostenían una base rítmica endiablada que mantenía todo ese montón de piezas unido.

El setlist recorrió las diferentes vidas de una banda que se ha negado a repetirse. Del peso extremo de Holoceno (2021) a la apertura hacia el jazz-rock y la música nordestina de Lampião Rei (2024), hasta desembocar en Celestial. Temas como «Colosso» o «Calado (de Olho)» mostraron el momento actual del grupo. «Boitatá», «Oferenda no Alguidar», las distintas partes de «Acende a Luz», «São Francisco» —muy celebrada por el público—, «Mau-Olhado» o «Maracutaia» cerraron un set donde acomodarse fue imposible. En cualquier momento podían aparecer unas guturales casi black metal, saltar a una síncopa imposible, dejarse arrastrar por ritmos brasileños y terminar envueltos en sintetizadores que parecían sacados de algún disco progresivo perdido en 1974.

Se puede hablar de Magma, King Crimson, Zappa o de las múltiples tradiciones musicales brasileñas que alimentan sus composiciones. Pero llega un punto en el que las referencias explican menos que la propia palabra Papangu. Lo brasileño no aparece aquí como exotismo ni el metal como ejercicio de contundencia. Su procedencia, su imaginario y la música del nordeste forman parte del mismo esqueleto sonoro que el jazz o el zeuhl. Han conseguido algo mucho más difícil que mezclar estilos: hacer que esa mezcla sea inequívocamente suya.

No llenaron la Sala El Sol. Tocaron como si lo hubieran hecho. Y mientras la gente salía todavía intentando averiguar qué acababa de pasarle por encima, ellos probablemente ya estaban pensando en la siguiente manera de complicarlo todo un poco más.

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