El festival celebró dos jornadas de conciertos y una sesión vermú dominical de cierre con los mismísimos Flamin’ Groovies. Morales del Vino volvió a demostrar que no hacen falta grandes ciudades para que el rock genere comunidad.

Un pueblo pequeño. Horarios cumplidos al minuto. Un público ejemplar durante los dos días y un añadido a la hora del vermú el domingo. Motorrock no necesita más para funcionar. Lo que otros festivales resuelven con infraestructura y presupuesto, aquí se sostiene con organización y con ganas.
El festival se integró con naturalidad en la vida cotidiana de Morales del Vino. Dinamizó la actividad cultural y social del pueblo, lo convirtió durante unos días en punto de encuentro para distintas generaciones. Casi salió del recinto para formar parte del propio municipio.
La primera jornada arrancó con la contundencia de Hunger y Sin Control antes de que Diabolus In Musica aportasen su elegancia. Lucifuge ofreció uno de esos bolos que justifican por sí solos la existencia de un festival capaz de sacar a una banda de su circuito underground habitual. Eso ya vale la entrada.
Lucifer, cabeza de cartel de todo el Motorrock, ocupó su sitio con todo merecimiento. Ktulu cerró la primera noche con la veteranía que se les conoce.
El segundo día no rebajó la intensidad ni un gramo. Balmog y Lóstregos abrieron con una entrada demoledora. Los gallegos Hongo firmaron uno de los mejores bolos del festival.
Nagasaki Sunrise puso encima del escenario todo el poderío y el peligro que emana de la juventud. Un pase arrollador y, sobre todo, esperanzador. Leo Jiménez y los legendarios Muro recordaron por qué los grandes no lo son porque sí.
Entre unas actuaciones y otras, las sesiones vermú de Tenue y Motorastola aportaron otro ritmo. Otra velocidad. Otra forma de vivir el festival, integrándolo aún más en el día a día del pueblo.
Y cuando parecía que dos jornadas daban para todo, el domingo guardaba una última mano de ganador. Los mismísimos Flamin’ Groovies, encargados de poner el broche a la hora del vermú. No hará falta explicar lo que supuso escuchar “Shake Some Action” sonando en Morales del Vino como despedida. Hay momentos que se explican solos.
En un momento en que el rock ha dejado de ocupar el lugar central que durante décadas tuvo entre las músicas populares, reunir en un mismo cartel a quienes llevan años defendiendo estos sonidos y a bandas que ahora toman el relevo tiene un significado que va más allá de la programación. Motorrock lo hizo sin nostalgia ni lloriqueos. Con naturalidad. Distintas generaciones, distintas sensibilidades, una misma pasión compartiendo espacio.
Ahí está la verdadera fuerza de este festival. Conseguir que un pueblo pequeño sea durante unos días territorio común para quienes llevan décadas viviendo el rock y para quienes todavía están construyendo su propia historia. Un festival que logra eso no solo dinamiza un municipio: demuestra que hay escenas que, lejos de agotarse, todavía tienen mucho que enseñar. Que hablar de su continuidad no sea nunca un debate.



