El dúo gallego lleva medio año paseando ‘Tertulia’, su segundo disco, por los escenarios. Ahora preparan su debut en La Riviera de Madrid con un directo que han ido afilando noche a noche y un discurso que, meses después de publicarse, encaja todavía mejor con lo que pasa en la calle.

Sara Faro y María SOA no se ponen de acuerdo en una cosa. Sara define Fillas de Cassandra como un «grupo político». María prefiere «politizado». La diferencia importa. Y ellas lo saben.
‘Tertulia’ salió en abril y su propuesta no ha cambiado: reivindicar el acto de juntarse alrededor de una mesa y dejar que las horas pasen. Drum&bass, baladas, música tradicional gallega y todo lo que quepa en medio. María lo tiene claro: «Es un discazo. Lo era antes y lo es ahora».
Lo que sí ha cambiado es el contexto. Cuando compusieron el disco, Sara sentía «una sensación de desaliento por la sedación que hay en redes sociales». Se reivindicaba mucho en pantalla, pero no había traducción material. Meses después, las acampadas por la vivienda le dieron la vuelta a esa lectura. «Eso que se decía de esa generación que estaba anestesiada… Pues toma», remata Sara.
María no cree que hubiera anestesia real. «Es muy fácil quedarte en las redes, con la hiperconectividad de lo individualista, de esa comodidad. Yo confiaba en que, en cuanto saliese esa sensación, todo esto se iba a dar cien por cien». Para ellas, la tertulia ya no es solo una metáfora. Sara pasó por una acampada y lo que vio fueron «taburetes y sillas en las que se conversaba sobre la vida». Estaban practicando tertulia sin llamarla así.
Su directo traduce esa filosofía a algo físico. María lo describe como «una dramaturgia musical por la que pasas por muchos picos muy intensos». Hay éxtasis colectivo para bailar y de repente algo íntimo que te frena en seco. «No hay descanso y para eso vas a dedicarle una hora de tu vida. Si estás, estás». Bajan al público, reparten voces, cambian la escenografía. La gente acaba cantando canciones que no conoce porque hay frases diseñadas para quedarse.
La idea era romper la jerarquía del escenario. «Conversar con el público directamente», explica Sara. No siempre funciona como lo imaginaron —«quizás no hacen ellos la tertulia como un murmullo que queríamos que hicieran», admite María— pero el resultado es un concierto donde el público entra en la casa que Fillas de Cassandra montan sobre el escenario.
Detrás de todo hay algo que va más allá del disco. Ellas querían «poner el foco en el hecho de dejar de vernos esporádicamente con amigas, vecinas, familiares, para volver a incorporarlos dentro de nuestra cotidianidad», cuenta Sara. Que la conversación no sea un resumen de vidas separadas, sino algo continuo. Algo tan normal que a veces ni siquiera haga falta hablar. Convivir. Eso también es tertulia.
La Riviera les espera en dos semanas. Medio año de gira les ha servido para saber qué funciona y qué no, para dejar que las canciones muten con ellas. Sara lo dice con pocas palabras: «Las canciones cambian con nosotras». Llegan al momento justo. Con un disco que hablaba de resistencia cotidiana antes de que la resistencia cotidiana se plantara en las plazas.



