Micah P. Hinson se presentó en el Teatro Colón dentro del Ciclo Intermodal, el mismo que ya trajo a José González y que aún espera a Mariza y Macy Gray. Lo que ocurrió sobre ese escenario fue una lección de escucha mutua entre artista y público.

El estadounidense salió en formato trío. Batería y un multiinstrumentista que se movió entre teclados, banjo y guitarra. Sobre el papel, una formación pensada para exprimir los matices de su repertorio. En la práctica, al menos desde el lateral izquierdo del teatro, los graves se comían los primeros cortes y sepultaban buena parte de los arreglos.
Pero eso no frenó nada. Bastaba mirar alrededor para encontrar espectadores con los ojos cerrados, completamente entregados a lo que salía del escenario. Esa concentración colectiva decía más que cualquier cifra de reproducciones o entradas vendidas. El marco de un teatro invita a ese tipo de silencio, sí. Lo que pasó en el Colón, sin embargo, iba más allá de la simple cortesía: cada canción terminaba con aplausos que transmitían algo genuino.
Hinson apenas habló entre temas. Bromeó con su pésimo español y explicó el trasfondo emocional de una canción. Nada más. La comunicación pasó casi exclusivamente por una voz profunda y cruda que no necesitaba acompañamiento retórico.
El momento clave llegó cuando sus dos acompañantes abandonaron el escenario. Solo con la guitarra, Hinson dejó al descubierto los arreglos que antes costaba distinguir bajo la masa de graves. Las canciones sonaron más cercanas, más desnudas, sin perder un gramo de dureza. De repente, cada composición se convertía en un lugar extrañamente acogedor.
Hay artistas que necesitan llenar cada segundo de silencio con algo. Micah P. Hinson hace justo lo contrario: confía en el vacío entre las notas y en un público que sepa habitarlo. En A Coruña encontró exactamente eso. Una audiencia que sabía escuchar y que, cuando tocaba, sabía agradecer.



