Altarage se destapan con ‘Cogwheel’, 74 minutos de metal extremo sin concesiones

Altarage publican su séptimo disco, el más largo de su trayectoria. ‘Cogwheel’ supera los 74 minutos y llega con un cambio que va más allá del sonido: la banda se ha despojado de las capuchas que les acompañaron desde sus inicios.

Javier Gálvez, guitarrista, vocalista y cerebro principal del grupo, lo explica con la naturalidad de quien lleva años dejando que la música dicte sus propios tiempos. El proceso de composición fue, como siempre, orgánico. Sin plan de duración ni hoja de ruta cerrada. Aunque esta vez, reconoce, «sí que ha podido respirarse cierto aire más ruidoso de lo habitual en la antesala». Algunas piezas llevaban escritas antes de entrar de lleno en el grueso del material.

La grabación sí cambió. Hubo mucho trabajo previo por su cuenta, maquetando las partes más industriales y ambientales, moldeándolas hasta convertirlas en versiones definitivas para el álbum. La gran mayoría de las voces también las registraron ellos mismos. El grueso de la instrumentación se grabó en estudio, casi todo en directo, como es costumbre en Altarage. La novedad técnica: Simón Da Silva se encargó de las mezclas por primera vez.

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Gálvez no esquiva el debate sobre la duración. Lo encara de frente. «Los discos son como son, y depende de cada uno el cómo asimilarlos, o no hacerlo, directamente, si es que algo como la duración puede suponer un problema para su disfrute». Apunta que en varias reseñas ya han señalado la extensión de las canciones en tono negativo, «mucho antes de dejar macerar el material con varias escuchas». Y recuerda que con discos anteriores, más cortos, las quejas fueron por brevedad. No hay forma de ganar esa partida. Ni falta que hace.

La portada rompe con la abstracción habitual de la banda. Unas manos entrelazadas forman los dientes de un engranaje. Son las manos de Gálvez. La foto la realizó Noa Gálvez E. y el diseño corrió a cargo de Phlegeton, batería del grupo. Gálvez admite que la idea tardó en llegar, que dieron muchas vueltas sin éxito, y que cuando por fin se materializó se reprochó no haberla pensado antes. «Puede que sea la portada más literal que hemos realizado, pues es la personificación absoluta de lo que plasman los textos y la música en general».

Y luego está lo de las capuchas. Desde el primer disco, Altarage optaron por el anonimato. La idea surgió en el estudio, en una conversación entre Gálvez y Mikel González (bajo), cuando ni siquiera tenían claro si tocarían en directo. Las capuchas nacieron como un «mal necesario» para que el foco estuviera en la música. Pero la paradoja acabó comiéndose la intención: la gente veía la imagen, no escuchaba la música, y los metía en sacos donde no querían estar. «Dejar eso atrás ha supuesto una pequeña liberación», dice Gálvez. «Quitar un lastre que molestaba. Y a la hora de tocar, lo hacía literalmente, además». Ahora hay fotos a cara descubierta con nombres y apellidos. La música, insiste, sigue siendo lo único que importa.

Hay una frase de Gálvez que funciona como declaración de principios de todo el disco: «Seguimos viviendo en los tiempos de la falta de atención y de las velocidades absurdas. Nosotros seguimos abogando por tratar con respeto y paciencia el arte de crear un álbum y de prestar atención cuando se está en el otro lado, como oyentes». Setenta y cuatro minutos de densidad, disonancia y caos. Quien quiera entrar, que se tome su tiempo.

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