Santiago Lorenzo publica ‘Contenta’, una novela que huele a campo, fracaso y carcajada

Santiago Lorenzo vuelve con ‘Contenta’, una novela que lleva su universo literario hasta la última consecuencia. Miseria audiovisual, pueblo imposible, personaje a la deriva y una prosa que hace reír mientras duele.

El escritor lleva años viviendo lejos del ruido. Lo sabe todo el mundo. Él insiste en que no quiere oír hablar de autoficción, pero los hilos entre su vida rural y lo que escribe son cada vez más gruesos. Da igual cómo lo llame. Santiago Lorenzo escribe desde un lugar que conoce con las manos, y eso se nota en cada página.

‘Contenta’ presenta a Cecilia, una cuarentañera de Alcalá de Henares que malvive grabando bodas y comuniones. Las arcas, tiesas. El corazón, hecho unos zorros. Hasta que el Ayuntamiento de Mardones, un municipio ficticio de espantosa fealdad, le encarga filmar un vídeo promocional del territorio. El milagro que se le pide es mayúsculo: vender las virtudes turísticas de un sitio que no hay por dónde coger.

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–días

Mardones no existe, pero todos conocemos uno. Lorenzo lo sabe y juega con eso. La gracia no está solo en el pueblo, sino en todo lo que le cae encima a Cecilia: algún que otro catfish, estrecheces de manual y cagadas que acaban hasta en homicidios involuntarios. Un rosario de calamidades contado con esa prosa suya, tan erudita como descojonante.

Los lectores habituales de Lorenzo reconocerán el terreno. Hay parentesco entre Cecilia y la ingenuidad atontolinada de la Gema Perdulí de ‘Mamá es boba’ (97). Está esa tendencia a imaginar una vida mejor que ya tenía el Benito de ‘Las ganas’ (14). Y flota, claro, la alternativa al consumismo y las falsas necesidades que planteaba ‘Los asquerosos’ (18). ‘Contenta’ no rompe el molde, pero lo llena hasta arriba.

Lo que cuenta esta novela habla de todos. De esa querencia arraigada por creernos más guapos, más listos y con más porvenir que el de al lado. Hasta que el tiempo y la edad rebajan los humos. Entonces empieza lo bueno. Cecilia aprende a querer lo que le ha tocado: el BarDones y su parroquia, la pescadería Sáhara, los gestos de humanidad de una recua de vecinos estrambóticos, el cariño incondicional de Trompillo y su libro de chistes de vergüenza ajena. Las pequeñas naderías que hacen la vida soportable y hasta hermosa.

Conformista es una palabra muy fea. Cecilia prefiere definirse como contenta. Y en esa distinción cabe toda la novela.

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