Cinco tipos de Málaga, un disco debut de ocho canciones y ni un solo segundo de relleno. Construimos Escaleras acaba de soltar uno de los primeros largos más redondos que hemos escuchado este año, y lo ha hecho sin pedir permiso ni dar explicaciones.

Nilsson, Samu, Fausto, Paul e Iván. Cinco nombres detrás de un quinteto que ha decidido que veintidós minutos son más que suficientes para decir todo lo que hay que decir. Post-punk, punk funk, no wave y garage metidos en una coctelera que suena a prisa, a guasa y a algo que no puedes dejar de repetir.
Porque eso es exactamente lo que pasa cuando termina el disco. Se acaba y vuelves a darle al play. Ocho canciones fugaces que funcionan como pildorazos: entran, golpean y se van antes de que te dé tiempo a procesarlas.
Lo fácil sería confundir su desenfado con descuido. Error. Debajo de esos títulos aparentemente tirados y esas formas que huelen a improvisación hay un trabajo de economía brutal. Quitan lo que sobra. Se quedan con el hueso. Repiten secuencias verbales —«Co-co-come y abusa»—, disparan onomatopeyas —«Tic, tic, tic…»— y las machacan hasta que se te pegan a la cabeza como un chicle al zapato.
La instrumentación está al servicio de la voz, pero menuda locomotora han montado. Un bajo gordo y trotón, una caja de ritmos que suena marcial y selvática a partes iguales, sintetizadores que van por libre, metrallas de silbato que recuerdan a Parquet Courts, saxos que entran a codazos y punteos de guitarra que se cuelan entre las palabras. Todo empuja hacia delante. Bajarse del tren no es opción.
Y luego está lo que dicen. Llámenlo spoken word o charleta con compás, pero lo que hace la voz aquí tiene más miga de la que parece. En ‘Basta’ tiran de asociación libre. En ‘Cortinahogar’ hacen costumbrismo a ras de acera. ‘Fuerte’ se ríe con ganas de la liturgia contemporánea del rendimiento personal, con unas interjecciones guturales que invitan a sumarse a la broma. ‘Ocultista’ y ‘Nos trasladamos’ estrechan la distancia entre lo personal y lo anodino hasta dar con frases que se quedan flotando: «Niño, no sabes nada de la vida».
No se esconden cuando toca mojarse. Como buenos malagueños que conocen de primera mano los estragos de la gentrificación y la turistificación, cierran el disco con ‘Nuevas Formas’, desnudando las vergüenzas de un Estado con las manos muy largas. No es un panfleto. Es sorna con los dientes apretados.
La referencia que lanza la reseña de Mondo Sonoro tiene su peso: un mano a mano entre David Byrne y Charly García. Suena ambicioso, pero escuchas el disco y entiendes por dónde va la cosa. Hay método detrás de la aparente desidia. Hay groove con pólvora debajo de cada ocurrencia.
El mérito de que este disco haya llegado hasta aquí tiene nombres propios: Carlangas y Natalia Ferviú, desde Caries Records, han puesto el ojo donde había que ponerlo. Sin ellos, Construimos Escaleras podría haberse quedado vagando por las cuestas de Fuente Olletas. En lugar de eso, tenemos entre manos una de las sorpresas más estimulantes del año. Veintidós minutos que piden a gritos volver a empezar.



