Thomas Walmsley, bajista y teclista de Temples, ha compartido los seis álbumes que marcaron su vida. Una selección que esquiva los clásicos obvios del rock y se sumerge de lleno en electrónica, samples y sintetizadores.

No hay guitarras de doce cuerdas. No hay ecos de la psicodelia que define el sonido de la banda de Kettering. Lo que hay es una banda sonora de película noventera, canto gregoriano, drum’n’bass, City Pop japonés y productores que trabajan desde la sombra. Un mapa sonoro que dice mucho de lo que late debajo de las canciones de Temples.
El punto de partida es la banda sonora de «Hackers» (1995). Walmsley la describe como «fenomenal» y reconoce que es ella la que «impulsa la película de principio a fin». Orbital, The Prodigy, Underworld, Leftfield. Un recopilatorio de grandes éxitos de la electrónica noventera que, según él, «continúa sonando tan grandioso y futurista hoy como probablemente sonaba en su momento».
De ahí salta a Enigma y su debut «MCMXC a.D.» (1990). Le fascina su capacidad de «transportarte a un reino completamente diferente durante sesenta minutos». Música «oscura, espiritual, gloriosa y visceral», antigua pero futurista. Walmsley rescata una descripción ajena que le parece certera: «easy listening sex music».
William Orbit aparece con «Strange Cargo III» (1993), antes de sus trabajos con Madonna, Blur o All Saints. Walmsley lo considera «uno de los mejores productores ingleses de todos los tiempos» y define el disco como «un paraíso de samples, combinación de ritmos, voces femeninas de tonos agudos, sintetizadores vertiginosos y efectos espaciales». Destaca un detalle que ya es casi arqueología: Orbit lanzó junto al álbum un vídeo de acompañamiento de siete pistas exclusivamente en VHS.
«Foxbase Alpha» (1991) de Saint Etienne entra como otro debut que le marcó. Publicado por Heavenly, sello que Walmsley dice «conocer y apreciar mucho». Para él, el disco captura la esencia del verano del amor de los sesenta y la convierte en algo relevante para los noventa. El sampleado de Dusty Springfield en «Nothing Can Stop Us» le parece genial. «Girl VII» es, en sus palabras, «al mismo tiempo oscura y luminosa».
Con Ryuichi Sakamoto y «Smoochy» (1995) llega el momento más emotivo de la selección. Walmsley lo califica con un diez sobre diez. Lo compara con «encontrarse con alguien a quien conociste hace años y que resulta ser el amor de tu vida». Ritmos distorsionados, teclados cristalinos, arreglos orquestales. Portada fotografiada por Nick Knight. Para él, es Sakamoto en su momento más libre y creativo, bordando sus facetas de compositor, colaborador y productor en un mismo disco.
El cierre es para David Bowie y «Earthling» (1997). Walmsley reconoce que el disco «podría haber sido un desastre» tras Tin Machine y la amistad de Bowie con Goldie. Pero su forma de trabajar con el drum’n’bass y el industrial «no debería funcionar, pero lo hace, y de forma brillante». Junto con «Outside» (1995), son para él dos de los discos más imaginativos de toda la discografía de Bowie.
Seis discos sin una sola guitarra al frente. Seis discos que explican por qué Temples siempre sonaron a algo más que un revival psicodélico con flequillo.



