El quinteto dublinés presentará ‘Nobody’s Coming To Save You’ en Barcelona y Madrid en noviembre. Un álbum político, claustrofóbico y mezclado por John Congleton en diez días.

El origen del disco es tan honesto como cabreado. Una crítica al debut de Gurriers reprochaba que la banda planteaba muchas preguntas sobre el estado del mundo y ninguna respuesta. Dan Hoff, cantante del grupo, no se lo tomó bien. «Me quedé de piedra. ¿En serio? ¡Que somos un grupo!», recuerda.
De ese enfado salieron unas líneas que acabaron completándose con frases de Kurt Vonnegut y Rebecca Solnit. «Puede que estas dos personas que conocían el mundo mucho mejor tuvieran sus respuestas», explica Hoff. «Eso me dio un poco de esperanza, y me dije: vamos a hacer una canción que dé esperanza». Así nació el tema que abre y da título al álbum.
El sonido lo ha moldeado un equipo que impone. Mark Bowen, guitarrista y productor de Idles, se encargó de la producción. Loren Humphrey, vinculado a Geese y Tame Impala, participó en las sesiones. Y John Congleton, el norteamericano detrás de trabajos con Explosions In The Sky, Death Cab For Cutie y Swans, mezcló el álbum entero en diez días. El bajista Charlie McCarthy lo resume así: «Era tan rápido que nos iba mandando las canciones y no podíamos seguirle el ritmo. Hizo unas premezclas en una tarde y ya prácticamente las teníamos».
La relación con Congleton arrancó con una anécdota que retrata el momento exacto de la banda. «El sello nos dio mal su número de móvil», cuenta Hoff, «y cuando llamamos se puso una señora de Texas. Le dije: “Perdón, ¿está John?”. Y ella: “¿Qué John?”». Los cinco miembros y su mánager, apiñados alrededor del teléfono en el camerino de alguna sala de Boston.
Sobre Bowen, Hoff no ahorra elogios: «Es increíblemente bueno en lo que hace y no tiene miedo a decirte cuándo algo es una mierda. Su entusiasmo y energía facilitaron mucho el proceso». McCarthy añade que tener a alguien nuevo al que le emocionara la música tanto como a ellos les dio el impulso que necesitaban para grabar.
El disco suena grande porque Gurriers han empezado a tocar en espacios grandes. McCarthy lo tiene claro: «Estas grandes salas te permiten sonar más dramático. Tienes hueco para más espacio en las canciones, la música se traduce mejor». Temas del primer álbum como ‘Come and See’ cobraban otro sentido en esos escenarios. «Te sentías eufórico. Era un subidón».
La tensión post-punk que recorre el álbum no es un accidente. Tampoco algo calculado. Hoff lo sitúa en un contexto más amplio: «Si hablamos de Gilla Band, Fontaines D.C., THEATRE, Bucket, incluso Bleach o Lime Tree, hay mucha tensión. Es un sonido muy claustrofóbico. Es el zeitgeist del mundo en este momento». Irlanda, con su vivienda inaccesible, su falta de oportunidades y su emigración masiva a Australia y Europa continental, alimenta esa presión. «Aquí no hay oportunidades para la gente joven», resume McCarthy. «Es una cosa muy irlandesa lo de que todo el mundo se marche».
Gurrier, en jerga dublinesa, viene a significar macarrilla de poca monta. Cinco macarrillas que en noviembre se plantan en Barcelona y Madrid con un disco nacido del cabreo, construido con esperanza prestada de Vonnegut y Solnit, y que suena como si Dublín entero les apretara el pecho.



