Javier Ibarra se abre en canal en una entrevista donde habla de su nuevo disco combativo, de la crueldad en internet, de su ultrasensibilidad y de una tarde inolvidable con Evaristo en el local de ensayo de La Polla Records.

Kase.O tiene cuarenta y seis años y no piensa bajar el tono. Todo lo contrario. Su nuevo disco es una declaración de intenciones: crítica social directa, sin filtros ni concesiones. Él mismo reconoce que el mayor logro del álbum no está en el contenido, sino en haberse atrevido a decirlo. «Parece que quieren acojonar a quienes intentamos ir un poco a contracorriente o simplemente expresar lo que pensamos», afirma en una conversación con Mondo Sonoro donde no se deja nada dentro.
Su diagnóstico del rap actual es crudo. «Da la sensación de que el rap se ha ido ablandando y hemos acabado hablando demasiado de lo superficial. No sé exactamente de quién es la culpa, probablemente de todos los que hacemos rap.» Ahí está la autocrítica. No señala desde fuera. Se incluye. Y a renglón seguido recuerda que el rap nació como música de denuncia. Que eso no debería olvidarse.
Hay una parte de la entrevista que golpea especialmente. Kase.O se define como ultrasensible. No lo dice como etiqueta ni como excusa. Lo explica con una imagen que vale más que cualquier análisis: «Yo puedo entrar al mar mirando una nube y emocionarme según cómo le esté dando el sol. Puedo ponerme a llorar simplemente contemplando un paisaje.» Esa misma sensibilidad que alimenta sus letras es la que hace que las críticas le duelan más. Y no cualquier crítica. Las que considera injustas, las que nacen de un titular sacado de contexto. «Era como si el mundo hubiera entendido exactamente lo contrario de lo que yo quería decir.»
Su relación con internet es casi inexistente. No tiene redes sociales. Vive con su familia, disfruta de la naturaleza y solo se expone cuando saca disco. Reconoce además que las conspiraciones en la red le pasaron factura. «Me tragué muchísima mierda que me ha hecho más infeliz», admite sin rodeos. Esa honestidad brutal marca toda la conversación.
Sobre los haters, su posición es clara. Dice que internet está lleno de basura y violencia gratuita. Que hay mucha gente descargando sus propios traumas sobre cualquiera. Pero no devuelve el golpe. Pide a sus seguidores que respondan a los comentarios ofensivos con educación o con un abrazo simbólico. «Sería una contradicción pedirles que devolvieran la misma violencia.» No es pose. Es coherencia con un discurso que lleva años construyendo.
La colaboración con Evaristo merece capítulo aparte. Kase.O la describe como un honor y un regalo. Cuenta que acabaron conociéndose en persona en el local de ensayo de La Polla Records y que fue una de las tardes más bonitas del año. «Conocerle fue uno de los mejores momentos de mi carrera. Un tipo generoso, inteligentísimo y con un sentido del humor espectacular.» Dos mundos que se tocan. Punk y hip hop unidos por la misma necesidad de decir las cosas sin pedir permiso.
La producción del disco lleva la firma de Harto Rodríguez, al que Kase.O conoce desde hace años y del que destaca toda su evolución como productor. Un nombre que ya dejó huella en el último trabajo de Erik Urano con un sonido completamente distinto, lo que da idea de su versatilidad detrás de la mesa.
Kase.O no busca pescar público joven. Lo dice abiertamente. Su gente lleva veinte años escuchándole y es a ellos a quienes habla. A los que se dicen mayores para rapear les responde sin levantar la voz: «Es una minoría tan insignificante que no merece la pena darle importancia.» Con cuarenta y seis años, un disco combativo bajo el brazo y cero presencia en redes, Javier Ibarra sigue siendo una de las voces más necesarias del rap en este país. Precisamente porque no le importa serlo.



