Teenage Fanclub graban su nuevo disco en una isla desierta de Escocia

Norman Blake ha hablado largo y tendido sobre el nuevo álbum de Teenage Fanclub, ‘Do Not Dare To Dream’, grabado en un estudio en la isla de Gran Bernera, al noroeste de Escocia. Un lugar donde no hay nadie en kilómetros. Solo un barco. Poco más.

La banda sigue funcionando como siempre: Raymond McGinley y Blake escriben las canciones, y los cinco les dan forma en el estudio. Sin preproducción. Sin temas cerrados antes de entrar a grabar. «Nunca entramos en el estudio con canciones ya terminadas: siempre nos lo proponemos, pero nunca lo cumplimos», reconoce Blake. Construyen sobre estrofas y estribillos a medio definir y dejan que cada músico aporte su parte.

El método ha cambiado desde la salida de Gerard Love. Cuando eran tres compositores, cada uno dirigía sus propias canciones, dando indicaciones concretas sobre bajo o batería. Ahora hay más espacio. Más aire. «Dejamos que cada cual toque sus partes como considere, y luego hacemos los arreglos», explica Blake. Les funciona.

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Y sobre si Euros Childs y Francis McDonald podrían sumar como compositores dentro de la banda, Blake no cierra la puerta. McDonald ya coescribió «Planets» con él. Childs y Blake han firmado juntos en Jonny. Pero de momento, la fórmula se sostiene. «Teenage Fanclub siempre se ha basado en las canciones. Si quisiéramos hacer algo distinto, lo haríamos con otra gente y en otros proyectos.»

La canción que más llama la atención en el disco es «Tomorrow People», firmada por McGinley. Tres partes diferenciadas, casi una suite. El título sale de un ejercicio curioso: la banda escribió en una pizarra nombres de programas de televisión británicos de los años setenta. ‘Tomorrow People’ era un espacio de ciencia ficción para niños. La canción no va sobre el programa, pero el título le dio dirección a la letra. Raymond ni siquiera sabía cómo iba a terminar cuando empezaron a trabajar en ella una mañana.

El título del álbum, ‘Do Not Dare To Dream’, esconde una mueca. Un guiño ácido a esos mensajes de superación personal que inundan las redes. «La vida no es tan simple. No basta con soñar con algo para conseguirlo», dice Blake. Y lo dice desde un lugar concreto: el ochenta por ciento de la canción que da nombre al disco es autobiográfica. Habla de su divorcio, de una década viviendo en Canadá con su exmujer y del proceso de volver a encajar en Escocia. «Hay bajones y subidones en la vida, pero lo cierto es que muchas veces las cosas no resultan fáciles.»

Lo que sigue siendo desconcertante de Teenage Fanclub es que, pese a todo eso, sus melodías no suenan derrotadas. Blake lo tiene claro. «Podríamos hacer canciones deprimentes, dado el estado del mundo, pero siempre hemos sido optimistas.» No son cínicos. No lo han sido nunca. Casi cuarenta años de carrera y el tono sigue ahí, intacto, como si la tristeza personal y el caos exterior no tuvieran permiso para colarse del todo en la música.

Blake cuenta que acumula fragmentos de canciones en el móvil durante meses. Pequeñas ideas que revisa con calma. Cada disco nuevo es volver a la casilla de salida: cómo lo hago, cómo lo acabo, cómo le escribo una letra. Ese ciclo, lejos de agotarle, es lo que le mantiene fresco. Ver cómo una idea simple coge forma cuando los cinco tocan juntos. Cuando Childs empuja las armonías vocales a sitios nuevos. Cuando llega el test pressing y suena el vinilo por primera vez.

Teenage Fanclub llevan décadas haciendo lo mismo y consiguiendo que no suene a repetición. Quizá el truco esté ahí: en no planificar demasiado, en grabarse en una bahía vacía y en seguir creyendo que una buena canción basta.

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