Sting inauguró el 15 de julio la sexta edición de 1001 Músicas CaixaBank con su gira Sting 3.0. Veintiuna canciones en formato power trio, una Plaza de Toros llena y un músico de 74 años que salió al ruedo con una sola intención: que nadie olvidase esa noche.

‘Message in a Bottle’ abrió sin preámbulos. Nada de calentamiento ni reverencias nostálgicas. El golpe inicial dejó claro que esto no era una gira conmemorativa. Sting lo verbalizó él mismo desde el escenario: «Tengo 74 años, estoy más fuerte que el vinagre y vengo aquí con el objetivo de que no olvidéis esta noche». Después llegó ‘I Wrote Your Name (Upon My Heart)’, la única canción con menos de veinte años en todo el repertorio, seguida de ‘If I Ever Lose My Faith in You’ y ‘Englishman in New York’.
El formato trío resultó ser el gran acierto de la noche. Dominic Miller, más de treinta años al lado del exbajista de The Police, tocó una Stratocaster de 1961 con delays exquisitos y acordes suspendidos, sugiriendo siempre más de lo que declaraba. Chris Maas sostuvo el repertorio con pegada contenida, sin llenar cada hueco como si el silencio le debiera dinero. Y el bajo de Sting, un Fender Precision de los cincuenta, no se limitó a acompañar: dibujó melodía, percusión y contrapunto a la vez. Dos reliquias de madera vieja sin vocación de pieza de museo.
La primera sorpresa estaba en el tendido, no en el escenario. La edad media del público resultó bastante más baja de lo esperable para alguien que lleva en activo desde finales de los setenta. Varias generaciones cantando los mismos estribillos, cada una desde una puerta distinta. ‘Every Little Thing She Does Is Magic’ levantó los primeros coros masivos. ‘Fields of Gold’ confirmó que la fórmula no necesitaba más ornamento.
Las piezas de The Police sonaron transpuestas un tono abajo respecto a las grabaciones originales. Una adaptación lógica al paso del tiempo que, lejos de restar, añadió calidez y profundidad. Las letras de unos jóvenes británicos cobraban un sentido distinto al pasar por unas cuerdas vocales veteranas. Más peso. Más matiz. Otra lectura.
En ‘Never Coming Home’, bajo y guitarra encontraron uno de los pasajes más vivos con un sutil duelo de solos envuelto en delays introspectivos. ‘Mad About You’, ‘Wrapped Around Your Finger’ y ‘Driven to Tears’ mantuvieron el equilibrio entre elegancia solista y nervio policial. Hubo, eso sí, algunas notas fuera de sitio y entradas menos limpias de lo habitual. Pecados menores, pero perceptibles: pequeñas grietas en una gira tan medida que a veces deja asomar los fallos del automatismo.
Mientras sonaba ‘A Thousand Years’, parte del público celebraba un gol de Argentina. El Mundial se coló en el concierto a través de móviles, miradas cruzadas y celebraciones discretas. Afuera el fútbol. Adentro, ‘Can’t Stand Losing You’ devolvió la tensión rítmica y ‘Brand New Day’ trajo su optimismo blindado.
El tramo final fue tan ascendente como apoteósico. ‘Desert Rose’ abrió la recta con ayuda de algún sampler escondido. ‘Every Breath You Take’ llegó como el gran ritual colectivo: nueve mil personas abrazando una canción de obsesión y control como si fuese un himno matrimonial. ‘Roxanne’ desencadenó el inevitable «oe, oe, oe» de plaza llena. Y ‘Fragile’ cerró la noche con el descenso justo de intensidad, como quien degusta el último trago de una buena copa y la posa despacio sobre la mesa.
No hubo proclamas políticas ni ejercicios de narcisismo moral. Solo música, algún comentario en un español sorprendente, varios «Gracias Granada» y un «¡Viva España!». Sting no vino a certificar que aún existe. Vino a demostrar que sus canciones, incluso un tono más abajo y con algún automatismo de gira, siguen encontrando cuerpos nuevos que habitarlas.


