El festival más atípico del circuito español ha vuelto a demostrar que su modelo no caduca. Aranda de Duero se ha transformado otra vez en la capital de la música nacional, con 150 bandas, ocho escenarios y una filosofía que se resiste a morir.

Hay algo que no sale en los carteles del Sonorama Ribera. No es una banda ni un horario. Es la imagen de 33.000 vecinos viendo cómo su pueblo se multiplica por cinco durante cuatro días de agosto. Zapatillas reventadas, garrafones de agua, packs de cerveza y jamón de york como kit de supervivencia. Así empieza todo cada año desde hace 29 ediciones en la Meseta Norte.
El festival nació en 1997 con 200 personas en la plaza de toros. Hoy reúne a unas 150.000. Pero lo que lo hace diferente no son las cifras, sino quién está detrás. No hay fondo de inversión ni multinacional del ocio. Hay una asociación cultural llamada Art de Troya, formada mayormente por gente de Aranda, que contrata a 1.500 trabajadores y trae a 150 bandas nacionales cada agosto. El bono general de cuatro días cuesta 98 euros. El VIP, 170. En tiempos de abonos disparados, eso ya es una declaración de intenciones.
Javier Ajenjo, fundador y director del Sonorama, lo tiene claro. «Para nosotros esto nunca fueron números ni negocio, esto es una forma de amor y agradecimiento a nuestro pueblo». No es una frase de dossier de prensa. Lo dice mientras su propia madre, Inma, sube a un escenario de la Plaza del Trigo a plantarle dos besos a Barry B, el artista local que acaba de hacer volar a medio público sobre sus brazos. «Ese es como si fuera nuestro», reconoce ella.
Esa plaza diminuta, abarrotada con miles de personas esperando conciertos gratuitos sorpresa en pleno casco histórico, es el mejor resumen del Sonorama. Un festival donde una despedida de soltera con la novia disfrazada de botella de Ribera convive con scouts salmantinos y con Juan y Leti, una pareja de Santander que lleva 25 años viniendo sin faltar ni uno. «En realidad seguimos viniendo para creernos que somos jóvenes. Pero no lo somos», admite él.
Cuando el concierto termina, el operativo es tan artesanal como todo lo demás. Protección Civil desaloja la plaza con una cuerda. La misma que usaban los ganaderos para su trabajo. «Esto es tecnología punta», bromea Lucía, una de las trabajadoras, mientras un grupo de chavales se ducha en la calle bajo la manguera que un vecino ha sacado desde su balcón.
A las siete arranca la maquinaria del recinto ferial. Las cajas de instrumentos cruzan de un lado a otro, los decorados esperan su turno, los artistas llegan a sus camerinos. Pero no hay acelerones. Verónica Ortuño, vicepresidenta de Art de Troya y mano derecha de Ajenjo desde hace más de dos décadas, lo explica así: «Nos tiramos más de un año para prepararlo. Javier te puede mandar una nota de voz cualquier día a las dos de la mañana con una idea y estos días somos los bomberos apagando fuegos. Pero lo hacemos en familia».
Familia. La palabra se repite tanto en Aranda que podría sonar a eslogan vacío. Pero cuando ves a la madre del director subirse a un escenario a besar al artista local, cuando ves a una pareja que lleva un cuarto de siglo reservando esos cuatro días como sus vacaciones, cuando ves a una asociación de vecinos sostener un evento de 150.000 personas sin vender su alma, la palabra pesa distinto. El Sonorama es un modelo en peligro de extinción. Y por eso mismo merece que se hable de él antes de que alguien intente cambiarlo.



