El festival gallego ha celebrado una nueva edición en la que el eclecticismo, la sorpresa y el paisaje volvieron a funcionar como un todo inseparable.

Todo empieza antes de pisar la isla. Este año, SINSAL arrancó con dos experiencias sonoras en Vigo que ya marcaban el tono del fin de semana. Carme López convirtió su voz en único instrumento dentro de la sala semi-anecoica de la Escola de Enxeñaría de Telecomunicación de la Uvigo. Mateo Mena hizo lo propio con los sonidos del universo desde el Planetario del Instituto Marítimo Pesquero del Atlántico. Dos propuestas que no eran aperitivo, sino declaración de intenciones.
Después, el barco. Contemplar la costa desde el mar, cruzarse con delfines a escasos metros, sentir cómo Vigo se queda atrás. Quien ha estado lo sabe: esa travesía no es logística, es parte del festival.
Los portugueses Travo abrieron el apartado musical con un directo absorbente entre la psicodelia y el rock. Júlia Colom, acompañada solo por la guitarra de Martín Leiton, bajó las revoluciones hasta el silencio sepulcral del público, que acabó cantando en mallorquín con ella. Ben Zabo, llegado desde Malí, reventó ese silencio con funk maliense, rock y ritmos africanos que ni la lluvia pudo frenar. Y entonces aparecieron las japonesas NI-HAO!!!, la primera gran sorpresa de la edición: una actuación desenfrenada y contagiosa que monopolizó las conversaciones del viernes.
El sábado subió el listón. Los valencianos Gazella envolvieron la isla en un paisaje de shoegaze y dream pop tan oscuro como magnético. Mary Ocher construyó un concierto donde música y reivindicación caminaron juntas, estableciendo un diálogo directo con la memoria histórica de San Simón desde sus propios orígenes rusos e israelíes. Pero para muchos el mejor momento del fin de semana lo firmaron Merina Gris. Los vascos no dejaron un solo detalle al azar. Sonido, estética, actitud. Todo encajaba con una naturalidad que resultaba casi desconcertante, incluso con los rostros ocultos tras máscaras durante gran parte de la actuación.
Si el viernes las conversaciones giraron en torno a NI-HAO!!!, el sábado ese papel fue para Gigi Girls. Vestidas de novia y traje, las alemanas recuperaron la estética del italo-disco y confirmaron algo que Sinsal lleva años haciendo: descubrir artistas antes de que exploten. Los británicos AK/DK elevaron las pulsaciones con un ejercicio hipnótico de krautrock construido solo con dos baterías y sintetizadores. El cierre fue cosa de Cakes da Killa, que transformó San Simón en un club neoyorquino a base de rap, house y cultura ballroom.
El domingo tampoco aflojó. Skanderani, el proyecto de Ahmed Moussa desde A Estrada, ofreció un concierto instrumental inclasificable entre psicodelia, afrobeat y sonoridades árabes. Mocho Gris, proyecto galaico-portugués, rebajó el pulso para elevar la emoción con capas sonoras que pedían escucha pausada. Nadeem Din-Gabisi combinó scratches, bases electrónicas y un discurso de paz que terminó conquistando al público. Los colombianos Indus demostraron que la música de raíz puede dialogar con la electrónica sin perder identidad, y Virginia Dembélé tendió un puente emocional entre continentes para rematar la jornada.
Lo que hace Sinsal no es programar nombres diversos y esperar que funcione. Es construir un contexto donde todo tiene sentido: el barco, la isla, el cartel secreto, el silencio del público cuando toca callar y el baile cuando toca moverse. Eso no se improvisa. Se lleva años afinando.



