El grupo toledano publica ‘La oscuridad que habita bajo la torre de Malamoneda’, once canciones que funcionan como banda sonora de una aventura de rol original y autogestionada hasta la médula.

Después de ‘El Diluvio’ (2024), un segundo álbum que les colocó en el radar de quien busca cosas con sustancia, Mallo han decidido hacer justo lo contrario de lo que se espera. Nada de consolidar fórmula. Nada de simplificar el mensaje. Han parido un disco conceptual de once temas —tres de ellos instrumentales— que acompaña a una aventura de rol completamente original. Lo definen ellos mismos como «el movimiento más freak y arriesgado que hemos hecho hasta la fecha». Difícil llevarles la contraria.
El álbum salió en septiembre y se puede escuchar en todas las plataformas digitales. También en su Bandcamp, donde toda su discografía está disponible para descarga gratuita. Esa decisión no es un detalle menor. Es una declaración de principios que atraviesa todo lo que hace esta banda.
Lo que cuenta el disco tampoco se anda con medias tintas. Es «un relato alegórico sobre la desesperación que implica intentar sobrevivir en un mundo violentamente neoliberal», sobre la lucha contra el propio cuerpo, sobre identidad y raíces cuando no encajas en ningún sitio. El mensaje anticapitalista y queer no es un adorno. Es el esqueleto de todo.
La grabación se repartió entre una casa en Cobisa (Toledo) y otra en Retuerta (Burgos, apenas 50 habitantes). Ismael Rubio Rodrigo se encargó de producción, mezcla y máster. Y fue precisamente en ese pueblo burgalés donde encontraron el alma de ‘Primavera sobre los prados’, la canción que más les costó cerrar. Mientras grababan tomas de prueba, un rebaño de ovejas pasó por la calle y sus cencerros se colaron por el micrófono. Después vinieron la lluvia, las herramientas de la huerta del productor, las campanas de la iglesia. Todo ese paisaje sonoro se quedó en la mezcla final, casi escondido, pero sosteniéndolo todo. «Esas ovejas, ese pastor, esa lluvia, esa campana y esas herramientas siguen siendo el cemento que mantiene el tema unido».
La banda tiene claro cómo quiere que les lean. Ni pop ni rock. Ni indie ni mainstream. Ellos mismos definen el álbum como «no binario», y no solo por la cuestión identitaria que aborda, sino porque ese adjetivo encaja con lo que son: «demasiado rock para ser pop, demasiado pop para ser rock, demasiado underground para sonar mainstream, demasiado queer para encajar en el indie». Rechazan la etiqueta indie con conocimiento de causa. La han visto desvirtuarse de cerca. Prefieren underground, una palabra que todavía significa autogestión, libertad creativa y compromiso ideológico sin matices tibios.
La edición en vinilo merece mención aparte. Todo en ella gira en torno a la partida de rol: los personajes como protagonistas, las canciones como hilo conductor del juego. No es merchandising. Es parte de la obra.
Mallo han construido algo que no pide permiso ni busca validación algorítmica. Un disco que se niega a ser fácil de clasificar y que demuestra que desde la autogestión pura se puede levantar un proyecto con una ambición creativa que ya quisieran muchos proyectos con presupuesto detrás. Que nadie espere un disco cómodo. Precisamente por eso funciona.


