Jungle presentó ‘Sunshine’ en Barcelona en una noche que arrancó con grooves contenidos y terminó con el Palau entero bailando incluso después de que se encendieran las luces.

El miércoles 28 de octubre no era un día fácil. Jungle lo sabía, el público lo sabía, y aun así el Palau Sant Jordi se llenó lo suficiente como para que nada de eso importara durante dos horas. No se agotaron las localidades, pero la masa fue de sobra para transformar la noche en algo colectivo y físico.
Joshua Lloyd-Watson y Tom McFarland se plantaron en el escenario con una puesta en escena elegantísima. Un portal cósmico de figuras geométricas que mutaban del azul al rojo, con el logo de Jungle coronando todo. Nada de bailarines profesionales girando con ellos, pese a que sus videoclips los hayan convertido casi en marca de la casa. Joshua había confesado que le preocupaba que el protagonismo de esos bailarines diluyera la identidad de los músicos. En Barcelona, esa preocupación no tenía razón de ser.
Junto a ellos, Lydia Kitto —vocalista, pareja de Joshua y compañera suya en Loaded Honey— ejerció de presencia cool y magnética. Los tres, con su banda, hacen música para sudar sin perder la clase. Así de simple.
El concierto arrancó con ‘Heavy, California’, calentando motores sin prisa. La intensidad fue subiendo con la jam de ‘The Wave’ y ‘Candle Flame’, hasta cruzar ese umbral donde el groove se apodera de todo. ‘Time’ y ‘Drops’ fueron el punto de no retorno. ‘Drops’, hipnótica y con una jam final oscura, se reveló como uno de los momentos más extraños y potentes de la noche. De esas canciones que no conocías al entrar y que al salir ya son favoritas.
Cuando sonaron las campanitas de ‘Back On 74’, el Palau enloqueció. La conexión entre banda y público fue total, aunque un espontáneo cruzando entre la gente rompió brevemente el hechizo en uno de los mejores momentos del tema. Keep moving, keep moving. En la pantalla gigante apareció la imagen de Channel Tres para acompañar su parte en ‘I’ve Been In Love’. Un detalle que recordó que Jungle no son Chic, aunque se les parecen bastante y comparten con ellos el buen gusto.
Es cierto que muchos temas de Jungle siguen un patrón reconocible: grooves bailables, voces retro, guitarras funky, capas de producción y algún rap puntual. No todos los fans distinguen unas canciones de otras. Pero eso da igual cuando lo que importa es la experiencia. Jungle dominan su fórmula con una seguridad pasmosa. Lo curioso es que ya parecían tenerla clara desde el primer disco, como si los primeros pasos de Josh y Tom en aquella banda indie hoy casi olvidada hubieran bastado para encontrar el sonido que llevan perfeccionando desde entonces.
Un momento inesperado resumió la noche mejor que cualquier canción. Un bailarín que estaba entre el público acabó subiendo al escenario con uno de los coristas. Parecía improvisado. El efecto fue mágico, casi como presenciar una película en directo.
Y luego llegó el final. El grupo abandonó el escenario, las luces se encendieron, y el público siguió bailando mientras ‘Move on Up’ sonaba fuerte por los altavoces. El Palau se transformó en un ‘Soul Train’ improvisado. El groove se había quedado pegado al cuerpo de todos los que estaban allí. Todos sus álbumes han entrado en el top 5 o el top 10 británico, y noches como la de Barcelona explican por qué. La música de Jungle llega muy lejos. Ojalá su luz alcance también a quienes, desde el día anterior, ya nunca podrán volver a ver el sol.


