Nita debuta en solitario con ‘Magma’, un disco de diez pistas que fusiona raíz andaluza y electrónica con una naturalidad que desarma. La artista cordobesa, conocida por su trabajo en Fuel Fandango, se alía con Bronquio para construir un álbum que late entre lo íntimo y lo bailable, entre el pellizco flamenco y el pulso de sintetizador.

La elección de Bronquio como productor no es casual. Santiago Gonzalo ya dejó huella junto a Rocío Márquez en ‘Tercer cielo’ y con Kiko Veneno en ‘Sombrero Roto’. Él y Nita ya habían tanteado el terreno juntos en el sencillo ‘La Retama’ en 2021. Aquí el resultado es otra cosa: un universo sonoro completo, con texturas cuidadísimas que envuelven la voz sin ahogarla.
El disco arranca con ‘Infinito’, una intro atmosférica que abre paso al primer golpe real: ‘Milagro 18:08’. Ahí está ya todo lo que define ‘Magma’. El canto de Nita acaricia y araña en la misma frase, celebrando la maternidad sobre beats que piden movimiento. No hay poses. Hay verdad y llamarada en el cuerpo.
‘Azul Nomeolvides’ se mete hacia dentro. Bronquio juega con la voz de Nita, la estira, la fragmenta, la integra en un paisaje introspectivo que de pronto se expande. La letra recorre la herida del mundo y propone transformar «el dolor en agua, luz y movimiento». En ‘Reencarnación’ aparecen atmósferas tribales que flotan en el espacio, con ese pellizco flamenco asomando entre sintetizadores como algo inevitable. Y ‘Verme bailar’ lleva la electrónica al centro, acelerando el pulso hasta una catarsis que entiende el baile como posesión ancestral, no como gesto superficial.
El ecuador lo marca ‘Salvavidas’, probablemente la pieza más desnuda y sofisticada del lote. «Quisiera perderme contigo y no aparecer jamás». Nita canta al natural, hipnótica, disolviéndose en texturas que fluyen como agua. Es el momento en que el disco se detiene, respira y te obliga a respirar con él.
La segunda mitad no baja la guardia. ‘Echo de menos las flores’ habla de esa añoranza por lo natural frente a un mundo que deja «sabor a metal» en la boca. ‘Hilo negro’ lleva la ceremonia a la pista de baile bajo una tormenta de latido tecno, con versos que dejan marca: «Una navaja clavada en el centro de mi pecho, atravesando los campos que antes eran verdes y frescos». Y ‘Aquí’, la pieza más larga del disco, cierra con un arranque ensoñador que absorbe sin escapatoria posible.
Lo que atraviesa las diez canciones es una idea clara: reconectar con lo esencial frente a un mundo anestesiado por pantallas y vínculos artificiales. Nita no lo plantea como discurso, sino como ritual. Carne y flores. Magma que sube a la superficie para crear algo nuevo. Hay en este debut una sensibilidad poética que no necesita esconderse detrás de la producción, porque la producción de Bronquio trabaja siempre a favor de la voz y la palabra.
‘Magma’ no suena a extensión de Fuel Fandango ni a ruptura forzada. Suena a alguien que ha encontrado exactamente el lugar desde el que quiere cantar. Y ese lugar arde.


