El documental dirigido por Joe Hahn, DJ de la banda, llega a los cines este miércoles con una propuesta que retrata cómo Linkin Park se recompuso tras el suicidio de Chester Bennington en 2017. Lo hace con más luz que sombra. Quizá demasiada.

‘Unshatter’ alterna dos planos. Por un lado, las imágenes espectaculares de la actuación de la nueva formación en São Paulo. Por otro, el proceso íntimo de reconstrucción del grupo: conversaciones, sesiones en el estudio doméstico de Mike Shinoda, ensayos e entrevistas individuales. El trabajo con las cámaras en directo lleva la firma de Mark Ritchie, ganador de un Emmy.
El trauma está ahí, pero el documental pasa de puntillas por él. La muerte de Bennington destruyó la gira y el futuro de Linkin Park, eso lo cuentan los músicos con claridad. Lo que viene después se presenta como un proceso orgánico, casi sereno, que Brad Delson compara con el Kintsugi japonés: reparar lo roto con oro.
Las reticencias de Delson a volver son uno de los elementos más interesantes. Su decisión de continuar en el proyecto con la condición de ahorrarse las giras refleja de forma descarnada la complejidad de cualquier dinámica de grupo. El batería Rob Bourdon, por su parte, decidió bajarse del barco. Un golpe que el documental resuelve de forma amistosa, casi demasiado limpia.
La llegada de Emily Armstrong (Dead Sara) como nueva vocalista es el punto de inflexión. Apenas explicada, casi sorpresiva, su energía funciona como catalizador para que la banda recupere el entusiasmo. Lo que empezó como una prueba se convierte en disco —el notable ‘From Zero’— y gira. Colin Brittain completa la nueva formación como batería y productor. Hay momentos con gracia, como el feedback cariñoso que les regala Mark Hoppus al escuchar las primeras grabaciones con Armstrong.
El problema de ‘Unshatter’ es que todo va como la seda. Salvando la tibia desconfianza inicial de Delson, no hay apenas tensión ni incertidumbre. Todo fluye entre gente sensata y adulta. El propio Shinoda reconoce que el proceso podría haber fracasado, pero la película nunca nos hace sentir esa posibilidad. El cine necesita drama, y aquí se echa en falta. Hay algún momento al borde de lo excesivo —el zoom al rostro del fan llorando, los comentarios de youtubers en la reaparición del grupo en Los Ángeles— que tampoco ayuda.
Lo mejor llega al final. Las imágenes tiernas de un ensayo juvenil con el propio Chester cierran una película que captura bien la química personal y artística de una banda que resucitó contra todo pronóstico. Probablemente del único modo que podía hacerlo. Pero queda la sensación de que Hahn, al ser parte de la familia, ha preferido proteger antes que exponer. Comprensible. Humano. Pero el resultado es un documental más cómodo que revelador.


