Los Modelos publican ‘Bajo el radar’ (Big Den Records, 2026), su segundo disco desde que volvieron tras décadas de silencio. Un álbum que no reconstruye los ochenta, pero tampoco los traiciona. Y ahí está la gracia.

La historia de Los Modelos es rara. Dos maquetas convertidas en elepé póstumo a principios de los ochenta. Desaparición. Un culto silencioso que fue creciendo hasta que el sello Discos de Paseo recuperó aquellas canciones en una edición con algún inédito rescatado de directos. Después, otra vez nada. Hasta que llegó ‘Días y noches’ hace un par de años y ahora este ‘Bajo el radar’.
No están en el circuito de la nostalgia. Tocan en locales pequeños para un público escaso pero fiel. Defienden las canciones nuevas con más ganas que nunca, con un sonido que el productor Pablo Solana les ha abierto sin que pierdan lo que siempre fueron: pop intenso con melodía en el centro y guitarras como columnas.
Lo que ha cambiado es el paisaje emocional. Si en los ochenta cantaban al dolor juvenil, a noches de asfalto y lluvia, a corazones rotos por el desamor, ahora retratan algo más difuso. Vidas rotas, sí, pero por un dolor sin origen claro. Ya no son episodios sentimentales. Es algo más hondo, más difícil de nombrar.
‘Miss Lonely’ lo clava. Un riff sugerente para un personaje al que la vejez va comiendo por dentro, obligándole a salir a bares esperando encontrar lo que ya no existe. El narrador en Los Modelos siempre es externo, aunque escriba en primera persona. Observa con fascinación y melancolía esas vidas que no terminan de funcionar. La mirada es conmiserativa, nunca cruel.
‘Hotel del Norte’ lleva esa soledad a territorio casi literario. Voces que piden perdón, miradas de mujeres, riffs adictivos. Todo muy cinematográfico. El espacio provisional, el norte frío, los encuentros fortuitos en una ciudad pequeña. Hay mucho de Patrick Modiano y de Raymond Carver en esa canción. Pinceladas que retratan a quienes han hecho de un hotel su casa.
‘El último refugio’ es la más personal del disco y la más cercana a eso que se llama Americana. Aquí el escenario está dentro. Armonías cuidadas, noche que ya no es adolescente sino el territorio de la última oportunidad. No es un refugio cualquiera. Es el último. ‘Interferencias’ aporta la energía, el pop más rabioso, la imposibilidad de encontrar a la persona amada entre ruido y confusión.
El tramo final del disco cambia de tono. ‘Promesas de ayer (La montaña)’ habla de lo que nos motiva y de lo que vamos dejando en el camino. Las promesas pasan, la montaña permanece. No solo promesas amorosas: también ideales de juventud, proyectos, amistades que se juraron eternas. Y ‘Donde el río’ cierra con un registro más acústico, líquido, que va creciendo. La casa de la amante deshabitada, los hogares que ya no acogen a quienes amamos. Desde Jorge Manrique, el río es alegoría de la vida. Los Modelos se acogen a ella para explorar con elegancia las telas del corazón.
El equilibrio del disco es su mayor logro. No repite el pasado, pero no renuncia a él. Son conscientes de que ha pasado el tiempo y lo aplican a cada canción. Por eso funcionan. Son los mismos Modelos. Pero no los de entonces.


