Biffy Clyro incendia el Botánico de Madrid: lección de contrastes y catarsis pura

Los escoceses firmaron un directo apabullante en Noches del Botánico el martes 21 de julio, saltando de la tralla más salvaje a la intimidad absoluta sin perder un gramo de intensidad por el camino.

El sol todavía acariciaba las copas de los árboles del Real Jardín Botánico cuando la maquinaria se puso en marcha. Con el arranque fijado a las 21:30, el público —mezcla de generaciones, camisetas del grupo, acentos anglosajones colándose entre la masa— ya había convertido la calma del recinto en algo que olía a pólvora. Sobre el escenario vacío, ‘Nimrod’ de William Orbit y la letanía a capela de ‘Erghen Diado’ funcionaron como prólogo casi cinematográfico. Después, todo explotó.

Ante la conocida ausencia de James Johnston por problemas de salud mental, Naomi MacLeod asumió el bajo con una firmeza que no dejó hueco a la duda. A su lado, el hermano gemelo del ausente, Ben Johnston, hizo lo que siempre hace: ser infalible detrás de la batería. El formato de septeto —con Mike Vennart a la guitarra, Richard Ingram a los teclados, la violinista Ailbhe Catherine y la violista Annemarie McGahon— amplificó cada textura hasta hacerla física. Una propuesta lumínica brutal, con hileras horizontales de focos parpadeando y cambiando de color a cada riff, completó el cuadro.

Y entonces apareció Simon Neil. Sin camiseta, pantalones cortos rojos con rayas de Adidas, calcetines a juego. Un guiño futbolero para celebrar la victoria de España en el Mundial. Aferrado a su Fender Stratocaster negra, transpiraba actitud visceral desde el primer segundo. Los acordes de ‘The Captain’ cortaron el aire y la audiencia devoró el sonido: «Somebody help me sing, woah!» vociferado al unísono. Sin respiro, ‘That Golden Rule’ desplegó su laberíntico fraseo a base de pura distorsión. Justo antes de ‘Who’s Got a Match?’, Neil rugió al micrófono: «¡Buenas noches, Madrid, y felicidades, España!». La euforia se disparó al grito de «I’m a fire and I burn, burn, burn tonight».

El viaje emocional giró con ‘Biblical’, pieza confesional que ahonda en los altibajos personales de Neil. La pista entera entregada a un «oh, oh» convertido en karaoke colosal. Después, ‘A Little Love’ trajo a las cuerdas al frente del escenario para reclamar protagonismo. Neil respondió fuera de micro con un «beautiful» al escuchar al respetable hacer suya la canción. ‘Goodbye’ asestó el golpe al corazón. Así de simple.

Fue ‘Living Is a Problem Because Everything Dies’ donde el grupo exhibió toda su pericia técnica. La caja de Ben Johnston y los riffs en staccato tejieron un pulso esquizofrénico de paradas y arranques que colapsaba bajo el peso de los arreglos orquestales. En ‘Hunting Season’, la energía se desbordó hasta el punto de que Vennart terminó tocando literalmente tirado por los suelos. ‘Space’, con Neil empuñando su Gretsch burdeos desde las alturas, meció al Botánico al compás de «There’s always a space in my heart». Ternura milimétrica antes del huracán.

Porque la paz en el universo Biffy siempre antecede a la tormenta. ‘Cop Syrup’ trituró la quietud con un alarido liberador de «Fuck everybody!» y un apoteósico final instrumental envuelto en luces parpadeantes. Un murmullo inoportuno del público restó algo de solemnidad al inicio de ‘Different People’, pero la entrega absoluta de Neil pulverizó cualquier distracción. Lo dio todo en ese tema. Tanto que llegó casi asfixiado a la febril ‘A Hunger in Your Haunt’.

Lo que ocurrió en el Botánico el martes no fue solo un concierto. Fue una demostración de que Biffy Clyro funcionan como un organismo que respira junto, que sabe cuándo apretar y cuándo soltar, cuándo destrozar y cuándo acariciar. Siete músicos sobre un escenario haciendo que el calor del verano madrileño fuese lo de menos. Quedaba algo más grande en el aire.

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