Etnomusicólogo, multiinstrumentista y hombre orquesta, Amorante lanza ‘Ez dot amaitu’, un álbum que mezcla formas casi antagónicas del folclore con capas electrónicas e industriales y un canto cada vez más firme. El resultado es tan inclasificable como deslumbrante.

El título lo dice casi todo. ‘Ez dot amaitu’ significa «está sin terminar», un guiño evidente a Ez Dok Amairu, el movimiento que sentó las bases de la euskal musika. Pero Amorante no busca el homenaje. «El juego de palabras me sirve para conceptualizar mi obra. Todavía no he terminado, aún tengo cosas que aprender», explica. El nombre, según cuenta, parece que lo puso Oteiza, de quien se declara gran admirador.
El disco se ocupa de la antiépica, la soledad y la dificultad de relacionarse en un mundo adicto a la apariencia. Amorante lo tiene claro: «Las relaciones humanas son necesarias para avanzar como sociedad. El término de red social ha sido secuestrado y deshumanizado, y deberíamos recuperarlo y aplicarlo a relacionarnos mirándonos a los ojos». La soledad, dice, debería ser una opción escogida, no una consecuencia.
Desde sus primeros conciertos, cuando aún no tenía disco, Amorante ya se había convertido en un referente raro dentro de la escena vasca. Improvisación como método. Iconoclasia como actitud. Un tipo solo en el escenario con voz, sintetizador analógico, sampler, looper y hasta un baile sentado que desafía cualquier descripción cómoda. Reconoce que el esfuerzo físico y mental es enorme. Ha pensado en simplificar, usar pregrabados, pero lo descarta: «Eso supondría sistematizar demasiado las canciones y seguramente perderían frescura. Necesito sentir que estoy generando algo que puede cambiar lo que vaya a ocurrir en directo».
Su relación con el estudio siempre ha sido tensa. No es que se negara a grabar, matiza, sino que le cuesta. «Me gusta que los demás lo hagan, ya que disfruto mucho escuchando el trabajo de los demás. Si pudiera no grabaría, simplemente tocaría en directo». La industria, sin embargo, exige levantar la mano y decir «estoy aquí». Y eso pasa por publicar canciones.
En ‘Ez dot amaitu’ aparece Niño de Elche. La colaboración es puntual, pero la relación viene de lejos. Amorante conoce a Paco desde hace tiempo: en su primera grabación, cantó en euskera en la canción ‘Oroimenaren fruitu’. No es la única puerta que ha abierto. Con Adriano Galante montó el proyecto aNTE, y con Mari Luz Esteban el espectáculo ‘Maitasuna ez da nahikoa’.
Hay quien cruza a Mikel Laboa con la última fase de Low para intentar ubicar lo que hace Amorante. Él acepta las dos referencias sin aspavientos: «No intento cruzar nada, simplemente escucho músicas diversas y dispersas, que seguramente convergen en dos referencias a priori tan distantes». También asoma Bon Iver como influencia temprana en el uso del autotune, una herramienta que empezó a utilizar en 2014 cuando nadie cercano lo hacía. No le define, aclara, pero tampoco reniega de ella.
El ruido, los gritos, el silencio. Todo tiene su lugar en el vocabulario de Amorante. «El ruido lo entiendo como exceso de algo, generalmente discursos peligrosos. Y el silencio es ese algo que cuesta encontrar, muchas veces voces silenciadas por imposición». Un grito puede ser catarsis. Un grito silencioso, dolor e impotencia. La heterodoxia, para él, no es una pose. Es la única forma de que la música vasca no se quede quieta.



