Treinta años después de su primer concierto en la sala Maravillas, Migala volverá a los escenarios de Madrid. El 29 de noviembre tocarán en la sala Villanos el repertorio de ‘Diciembre 3 a.m.’ (1997) junto a sus primeras maquetas. Y lo harán en pleno proceso de reedición de un disco que han vuelto a abrir desde dentro, pista por pista.

La reedición no ha sido un trámite. Abel lo describe como «arqueología de software»: recuperar un Windows XP con Cubase SX para abrir los proyectos originales tal y como se grabaron en el estudio Rock Soul y se procesaron después en la casa de los abuelos de Diego y Coque, en Villalba. Nada de coger el último máster y subirle el volumen. Volcados nuevos, equilibrio entre remastering y remezcla, y la disciplina de no caer en la tentación de cambiar nada. Que al comparar el disco de 2000 con el actual, dice Abel, «fuera completamente reconocible».
El proceso les ha devuelto cosas que ni recordaban. Pistas enterradas, versiones alternativas de los temas, capas que nunca llegaron a usarse. Abel lo compara con un negativo fotográfico que en su día se positivó mal: «Años después miras el negativo y dices: joder, si la foto no era así». Volver a revelarlo con cuidado cambia la imagen por completo.
Pero aquí hay algo que va más allá del sonido. Migala llevaba años siendo un asunto pendiente que escocía. La palabra es de Abel: «Aunque hemos tenido otros proyectos con los que nos hemos mantenido activos, lo de Migala era un poco como algo que escocía». Rubén matiza que nunca se desvincularon como amigos. Abel reconoce que sí descuidaron el proyecto.
El punto de inflexión fue la reedición de ‘Así duele un verano’ (1998). Ese proceso empezó en 2015 y el disco no salió hasta 2019. En medio, según cuenta Abel, pasaron «muchísimas cosas que no vamos a contar, incluidos fallecimientos y momentos muy tristes». Fue ahí, entre la pérdida y el reencuentro con el material, donde entendieron que había que cuidar lo que tenían.
Ahora el grupo lo vive como una segunda época. No una resurrección nostálgica ni una operación de mercado, sino la consecuencia natural de haber pasado tiempo juntos otra vez, de haber reevaluado lo que hicieron. Abel lo dice con claridad: el tiempo dedicado a la remasterización, implicándose todos, «da cuenta del momento tan vivo que atraviesa el grupo».
Hay algo que la entrevista deja entrever sin necesidad de subrayarlo. Migala fue un proyecto que a finales de los noventa mezcló folk oscuro, postrock, literatura y cine hasta crear un idioma propio. Su catálogo no ha envejecido porque nunca perteneció a una sola época. Que ahora vuelvan a tocarlo en directo, con las maquetas originales incluidas, no es un ejercicio de memoria. Es otra cosa. Algo que tiene que ver con asumir lo que fueron y decidir que aún les pertenece. El 29 de noviembre en Villanos se verá qué forma tiene eso sobre un escenario.



