‘Deltoya’, el disco en que Extremoduro descubrió la poesía eléctrica

Se cumplen 34 años de la publicación de ‘Deltoya’, el tercer álbum de estudio de Extremoduro. Un disco doble que marcó el punto de inflexión entre la furia primigenia y la ambición literaria de Roberto Iniesta.

1992. España se vendía al mundo como democracia moderna y triunfante. Olimpiadas, Expo, AVE. Pero bajo el escaparate de progreso latía otra realidad: desempleo juvenil disparado, presión especulativa de la peseta y una generación entera relegada a los márgenes. En ese contexto, Robe cumplía treinta años y su banda cobraba ocho mil pesetas diarias en dietas por grabar en los estudios BOX de Madrid. Habían firmado con DRO, discográfica de referencia que entonces cerraba su venta a Warner. Era su oportunidad y no la desperdiciaron.

El título lo dice todo. ‘Deltoya’ es la contracción de «del todo ya». Doce canciones de desgarro amoroso, insumisión y una conciencia ecológica insólita para la época. Todo escoltado por los demonios de siempre. La banda canaliza la rabia y la pulsión autodestructiva de quienes encontraban en la resistencia una forma de identidad. Rock transgresivo, lírico y visceral con un Iniesta que empieza a mostrar sus dotes para encontrar belleza sin salir de las trincheras.

«Me has alterado poniéndote a mi lado / Yo que vivía feliz en un tejado». Así arranca «Sol de invierno». Su terreno de juego siempre estuvo abajo, en el barro. Pero aquí aparece por primera vez una búsqueda poética consciente, fruto de la relación de Robe con Manolo Chinato. Piezas como «Sol de invierno» o la celebérrima «Ama, ama, ama y ensancha el alma» desvelan a un compositor capaz de alternar ternura, libertad vital y melancolía sin perder la crudeza. La provocación sigue ahí, el sometimiento ante la musa también. Ella. Siempre ella.

La contundencia de «De acero», «Estado policial» y la ecologista «Última generación» mantienen vivo el espíritu combativo de los inicios. «Con un latido del reloj» se acerca a la introspección. «Volando solo», reforzada por el solo de guitarra de Ariel Rot, aporta uno de los momentos más emotivos del álbum. «Relación convencional» y «Papel secante» muestran a un compositor cada vez más interesado en flanear por las contradicciones del deseo y la libertad. Un disco ecléctico que alterna crudeza, lirismo y sentido del humor.

‘Deltoya’ es el puente entre el Extremoduro salvaje y el sofisticado de la madurez. La producción mejora notablemente respecto a los dos primeros elepés, aunque sin alcanzar el nivel que aportaría Iñaki Antón «Uoho» tras su llegada pocos años después. No tiene la cohesión conceptual de obras posteriores, pero contiene una colección de clásicos que sigue resistiendo el paso de las décadas.

Para una parte importante de la crítica y del público que los siguió desde el principio, la trilogía formada por ‘Rock transgresivo’, ‘Somos unos animales’ y ‘Deltoya’ representa la etapa más genuina de la banda. Si ‘Agila’ es la consolidación y ‘La ley innata’ la culminación artística, ‘Deltoya’ es el momento exacto en que Extremoduro descubre que puede aspirar a algo más que hacer ruido. Puede hacer poesía eléctrica.

33 años después de su lanzamiento, el cuerpo de Roberto Iniesta nos abandonó. Pero la muerte tiene un gran fracaso: no puede hacer nada contra el legado. ‘Deltoya’ sigue ahí, intacto, con la misma rabia y la misma belleza sucia de siempre. Hasta siempre, Robe.

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