El nuevo documental sobre la reunión de Oasis cumple como registro de una gira histórica, pero fracasa donde más falta hacía: en las preguntas que nadie se atreve a formular a los Gallagher.

‘Don’t Look Back In Anger’ se estructura en tres ejes. Las historias de fans que lloran, gritan y cantan de rodillas ante la banda que les cambió la vida. Los ensayos previos a la gira, con una entrevista exclusiva a Noel y Liam. Y las actuaciones en estadios enormes, empezando por el ya mítico primer show de Cardiff. El metraje dedicado a los conciertos se lleva la mayor parte de la película.
Los directores Dylan Southern y Will Lovelace, responsables de documentales sobre Blur y LCD Soundsystem, colocaron diez cámaras fijas en el local de ensayo para capturar los primeros reencuentros de forma natural. Liam llega el último, como es lógico, y tanto su entrada como una de sus salidas tienen chispa. «Hooligans con preocupantes problemas para socializar y expresar emociones» podría ser el subtítulo de la película.
Lo que funciona es evidente. Las canciones suenan prácticamente igual que hace treinta años. Los Gallagher se conservan sorprendentemente bien pese a los excesos. Clásicos como ‘Hello’, ‘Champagne Supernova’ o ‘Stand By Me’ envejecen con una dignidad que da hasta rabia. Bien rodados, en pantalla grande, a todo volumen. Están hasta guapos.
Y ahí se acaba lo bueno. La parte de las entrevistas es la gran decepción. Steven Knight, creador de ‘Peaky Blinders’ y guionista del proyecto, es incapaz de penetrar en la vida de los Gallagher. Ni se menciona la posibilidad de que la reunión haya sido una cuestión de dinero —y eso que Noel salió muy mal parado de su divorcio—. Nadie pregunta en qué consistió la famosa discusión que los separó en 2009. El cáncer de Bonehead no existe. Cuando se cuenta cómo ‘Don’t Look Back In Anger’ se convirtió en himno tras los atentados de Manchester, nadie recuerda que Liam puso a caldo a Noel por no sumarse a los conciertos benéficos. Demasiados silencios para un documental que lleva por título una canción sobre no mirar atrás con rabia.
A nivel formal, la comparación con ‘Oasis: Supersonic’ duele. Aquella película de hace diez años era más divertida, más imaginativa, más salvaje en su montaje. Aquí los trucos se limitan a meter piezas de Schubert y Tchaikovsky en momentos clave de los conciertos para sumar épica. Y funciona, sí. Pero Oasis eran humor brutal a lo ‘Derry Girls’ —y siguen defendiendo que son irlandeses—, mientras esta cinta los muestra mucho más recatados. Más maduros. Un grupo perfecto para emisoras de público adulto.
Hay momentos que arrancan una sonrisa. El director de seguridad dando instrucciones con citas de Oasis. Una mención a los Rolling Stones. Alguna lágrima. Pero no las carcajadas que una película sobre estos dos hermanos debería provocar.
Noel Gallagher se pasó los primeros cuarenta minutos del gran concierto de regreso sin saber ni dónde estaba, deseando volverse al backstage. Un hombre que vendió millones desde su primer disco, que tocó para 250.000 personas antes de cumplir treinta y que nunca dejó de cantar en solitario los éxitos de su banda. Ni todas esas pistas le hicieron sospechar lo que la reunión significaría para tanta gente. El documental tampoco se molesta en averiguar por qué.



