Suso Saiz presentará ‘Silence Sound Session’ en la octava edición del L.E.V. Matadero, el festival de electrónica visual y realidades extendidas que se celebrará del 17 al 20 de septiembre en Madrid. Una sesión con guitarras, texturas y paisajes sonoros que el público escuchará a través de auriculares.

Más de cuatro décadas lleva Suso Saiz investigando el sonido. Y sigue sin interesarle mirar atrás. «Una vez acabada y publicada, jamás vuelvo a escuchar mi música», dice con una naturalidad que desarma. Todas las revisiones sobre su obra, incluida la recuperación de trabajos como ‘Odisea’, han partido siempre de otros. Nunca de él.
Lo que le mueve es otra cosa. «Mi necesidad de aprender, de tener una mayor comprensión de la materia con la que trabajo, que es el sonido, y de sentirme un artista y una persona que evoluciona constantemente y que intenta no caer en la autocomplacencia, ha primado, prima y espero que prime hasta el fin de mis días». No hay pose en esa declaración. Hay método.
Saiz trabaja en el ámbito de la música electroacústica. No usa sintetizadores ni generadores electrónicos de sonido. Todo parte de fuentes analógicas: la guitarra como generador de tonos afinados, grabaciones de paisajes sonoros, objetos como metales y maderas, procesados y manipulados electroacústicamente. Esa es la base. Y de ahí, a ningún lugar previsible.
Su relación con la improvisación y el azar viene de lejos, desde los tiempos de la Orquesta de las Nubes. Pero no busca perder el control. Busca justo lo contrario: «Perfeccionar mi capacidad de percepción sobre el instante y profundizar en los detalles mínimos que fluyen continuamente alrededor de nosotros». Cada pieza aspira a ser, dicho con sus palabras, «única».
Hay una frase suya que lo define mejor que cualquier biografía. «El objetivo último de toda mi música es el silencio. Cada sonido nace y muere en el silencio». Y lo dice alguien cuya obra, escuchada, no deja espacio aparente para el vacío. La contradicción es solo superficial.
En su estudio, Saiz dice partir siempre de timbres soñados que después persigue de forma incansable. La mayor parte de las veces, con el fracaso como compañero. Pero ha aprendido a darle la vuelta a eso. «He acabado a lo largo de los años positivando el concepto de fracaso», reconoce. Tanto que cuando invita a colegas a colaborar les lanza una propuesta que dice mucho de su forma de entender la creación: «¿Por qué no fracasamos juntos?».
Lo de la guitarra también tiene su matiz. Él ya no habla de tocar la guitarra. Habla de generar tonos afinados con ella. La experimentación constante ha derivado en una técnica que él mismo califica de «especial», fruto de décadas buscando las posibilidades más remotas de un instrumento que fue el primero que tuvo entre las manos.
La sesión que llevará al L.E.V. Matadero propone una escucha con auriculares. La idea, aclara, no fue suya sino del propio festival. Pero le encaja. «Los auriculares ayudan a tener una experiencia más íntima y personal. Este tipo de sesiones, en mi caso, estimulan situaciones más íntimas y ligadas con el deep listening». Un músico que persigue el silencio ofreciendo su trabajo directamente dentro de la cabeza del oyente. Difícil imaginar un formato más coherente con lo que lleva haciendo toda su vida.



