El festival de la Mariña Lucense completó cinco jornadas donde la música, la cultura y un temporal histórico dejaron claro que esto ya no es una promesa: es una realidad consolidada.

Cinco días. Eso es lo que dura ya el Osa do Mar. Lo que empezó como un festival de conciertos se ha convertido en algo bastante más difícil de definir. Proyecciones, charlas literarias, sesiones al atardecer junto al Barco Museo y, sí, noches de pogos bajo la lluvia. Burela no compite con nadie. Hace lo suyo.
El arranque fue a fuego lento. El miércoles y el jueves funcionaron como antesala con las proyecciones de Ao son da nova regueifa, de Manolo Maseda y Saúl Rivas, y Casamance. Banda sonora de un viaje, sobre Depedro. Después, Gara Durán dejó claro con su voz frente al Barco Museo que hay artistas que no necesitan más que un micrófono para que nadie quiera moverse de donde está. Anxo Ferreira acompañó con una sesión tranquila que encajó perfecto como primera conversación del festival.
El viernes subió la intensidad. Primero con una charla literaria con Irene Rega y Lionel Rexes, moderada por Antía Yáñez, y otra titulada Da regueifa ao rap entre Manolo y Xosé Maseda. Ya por la noche, West SRK abrió fuego en la Plaza del Concello con esa tarea ingrata de tocar cuando el público todavía está llegando. Depedro hizo después lo que lleva años haciendo: demostrar que una carrera larga tiene sentido cuando suenas así de bien en directo. Vocalmente impecable, con una banda que muchos querrían tener, repasó sus temas, provocó los primeros bailes y acabó cantando entre el público. Eris Mackenzie cambió el registro con una propuesta personal que evidencia cuánto ha crecido desde sus inicios.
Pero la noche del viernes la reventaron The Rapants. Volvieron a uno de los primeros sitios que apostaron por ellos y lo hicieron como lo que son ahora: una banda enorme. Los aviones despegaron, los pogos aparecieron y Burela demostró que allí se comen rapantes y no solo bonito. Éxtasis trajeron su sonido pegado a los 2000 con canciones hechas para cantar a grito pelado, y La Milagrosa ofreció un directo sólido que quizá habría lucido más en otro horario. Señora DJ cerró para los valientes que quedaban en pie.
El sábado arrancó con la entrega de los premios Pantallas Sonoras y dos propuestas que funcionaron como declaración de intenciones. Kornucopia vs Pandeireteiros do Inferno entrelazaron rock y tradición de una manera que sobre el papel parece imposible pero en directo resultó natural. Ortiga, repitiendo en el Bearmú, montó un espectáculo con el recinto rozando el lleno donde prácticamente nadie se quedó quieto. Por la tarde, Xosé Maseda confirmó en el Barco Museo por qué es uno de los nombres que están llamando la atención dentro de la música gallega joven, con colaboraciones de Alddara y Willow GHZ. Arume pusieron el toque tradicional y Portosanto presentaron en casa uno de los discos más interesantes publicados en este 2026.
Y entonces llegó la tormenta. Literal. Lluvias torrenciales, viento, rayos, truenos. Una situación más propia de enero que de un final de verano. El inicio se retrasó. Por momentos, todo lo que tanta gente había construido pareció pender de un hilo. Pero el temporal amainó y la música sonó. Hay que decirlo: las personas que trabajaron esa noche para sacar adelante el festival merecen que se les nombre aparte.
Fillas de Cassandra fueron las primeras en salir a un escenario todavía marcado por lo que había pasado. El ambiente estaba frío, como si nadie terminase de creérselo. Aun así, dieron el cien por cien. Lección de profesionalidad. Juventude no pudieron actuar por problemas técnicos derivados de la lluvia. Fue la única cancelación. Y el público, que había aguantado el temporal con calma y comprensión, esperó lo que hizo falta para que Ginebras salieran al escenario y lo hicieran explotar todo. Baile, risas, emoción y el desahogo de una banda que, como ellas mismas reconocieron, llevaba años queriendo estar ahí.
Eso es el Osa do Mar. Trabajar, resistir y no rendirse cuando todo se complica. Esa noche de sábado lo dejó más claro que nunca.



