Temples regresan con ‘BLISS’, su quinto disco, y lo hacen pisando un terreno que no les era propio. La banda británica ha cambiado la psicodelia contemplativa por los sintetizadores, el baile y una producción que han cocinado ellos mismos, sin intermediarios.

El giro no es menor. James Edward Bagshaw, Thomas Edison Walmsley, Adam Smith y Samuel Toms llevan desde 2012 construyendo su sonido sobre las bases del rock psicodélico de los sesenta. T.Rex, Pink Floyd. Ese era el suelo. Ahora ese suelo se ha llenado de cables, cajas de ritmos y referencias que apuntan a Massive Attack, Underworld, Faithless o New Order. Un salto parecido al que dio Tame Impala, y ahí está precisamente el problema y la virtud del disco.
‘BLISS’ funciona como un viaje lineal, en crescendo. Ningún tema supera los cuatro o cinco minutos. Todo fluye con una compacidad que en discos anteriores no tenían. «Jet stream heart» abre la puerta con sintetizadores de textura oriental y exótica, dejando claro desde el primer minuto que esto ya no es ‘Sun Structures’. Es otra cosa.
«Revelations» arranca con cantos gregorianos que huelen a electrónica noventera y rave europea. Pura comunión mística convertida en pista de baile. En «Megalith» y «Glimmer» recuperan sus raíces psicodélicas, con melodías pop y estribillos que recuerdan a Kasabian y The Horrors. Ahí se nota que no han renegado de nada, solo han ampliado el mapa.
El momento más delicado llega con «Blue Flame». Una balada melancólica, etérea, con texturas oníricas que la propia banda ha definido como una reflexión sobre la desconexión humana y la dependencia tecnológica frente a la naturaleza. Suena muy Tame Impala. Quizá demasiado. Pero tiene algo que engancha en su fragilidad, en ese verso que dice «All heaven washed a blue flame / We stayed out of the rain».
«Vendetta» es puro hedonismo de club londinense. Sintetizador pegadizo, vientos de fondo que evocan el house y el trance de Faithless. «Jaguar» arranca con una nube orquestal y una batería insistente que remite directamente al trip-hop de «Unfinished Sympathy» de Massive Attack. Son las dos pistas donde Temples se sueltan del todo, donde se nota que la autoproducción les ha liberado de corsés.
«Horizon» sube la energía con un estribillo directo y atmosférico. «Waiting on the Echoes» baja el ritmo con teclados que podrían haber salido de un disco de New Order. Y «Fantasy Realm» cierra con una lírica que habla de aislamiento, desesperanza y evasión a través de la fantasía. Un final coherente con el tono del álbum: buscar la luz aunque todo alrededor sea niebla.
Hay que hablar del elefante en la habitación. Temples nació y sigue existiendo bajo la sombra de Tame Impala. Kevin Parker es un talento que empequeñece a quien se le acerca demasiado. Ese es el peaje que pagan en ‘BLISS’. Cada acierto del disco invita a la comparación, y en esa comparación casi siempre pierden. No porque el álbum sea malo, sino porque el referente es demasiado grande.
Dicho esto, ‘BLISS’ es el disco más cohesionado y libre que han grabado. La decisión de producirlo ellos mismos se nota en cada tema. Hay química real entre los cuatro. Hay riesgo. Y hay momentos en los que Temples dejan de sonar a discípulos y empiezan a sonar a una banda que por fin ha encontrado su propia fiesta.



