Roy Borland publica ‘La Chica del Norte’, un álbum donde toca prácticamente todos los instrumentos y construye un universo de folk rock, soul, doo wop y jazz que mira de tú a tú a referentes como Serrat o The Beatles.

El artista madrileño lleva años moviéndose por territorios ajenos. Ha dejado su huella como compositor, productor e ingeniero de grabación en discos tan distintos como ‘El Dilema del Rapero Blanco’, ‘Tristán, Ahora Con Reloj’, ‘Demian’ o el ‘VERANO SAUDADE’ de Judeline. Hip hop, pop hipnagógico, folk, fusión urbana. Borland sabe hacer de todo. Pero cuando se pone el traje de trovador en solitario, elige alejarse de cualquier cosa que suene remotamente a pop actual.
‘La Chica del Norte’ llega después de ‘Considérame’, un disco que plasmaba angustia existencial pura. «El que vive de la música, ya no tiene alma de músico», cantaba en ‘Soldados Subacuáticos’. Aquí el tono cambia. Roy está de mejor humor. Y se nota.
El propio álbum se presenta en su bucólica ‘Intro’: es lo que sucede «cuando las muchachas y los muchachos se enamoran». A partir de ahí, una colección de canciones de corazón clásico con arreglos riquísimos. ‘Ruth’ y ‘La Chica del Norte’ ponen el tono veraniego y relajado, lo más cercano a un hit en todo el tracklist. ‘Conocerte Me Cambió La Vida’ arranca recordando al neoclasicismo de ‘Pet Sounds’ y acaba siendo un recorrido por los estilos predominantes de los 60. La faceta jazz de ‘Cada Cual Con Su Amor’ y la grandeza R&B de ‘Aquel Bello Desliz’ completan un LP que no es solo nostalgia, sino recuperación y actualización del pop clásico.
Las letras recorren el arco completo de una relación. La chispa inicial («Todo me recuerda a Ruth»), las desavenidas («el amor es complejo y fugaz»), la pasión («Aquel día fuimos uno / Una y otra vez») y el final. Ese último tramo lo carga ‘Altamar’, la mejor pieza acústica del disco: «Y del jardín entra olor a petricor / Y tras meses de calor / Abroché mi chubasquero». Duele.
Pese a la cantidad de instrumentos y detalles, el disco roza el minimalismo. Borland acompaña sus barrocas composiciones con una voz medio susurrada, como grabada en la esquina de una enorme habitación vacía con un ligero miedo a ser descubierta. Los numerosos cambios de acordes hacen que la escucha no sea inmediata. Crece con cada reproducción. Hay que masticarlo.
La comparación con ‘Un Soplo en el Corazón’ de Family no es menor. Pero tiene sentido. ‘La Chica del Norte’ ocupa ese mismo lugar: melodías tiernas, arreglos sofisticados, letras enamoradizas y una sensibilidad que no pide permiso. «¿Acaso no es un milagro?», pregunta Borland. Después de escuchar el disco, cuesta llevarle la contraria.



