Steve Cradock confirma que la banda trabaja en material inédito mientras recorre la geografía española celebrando el treinta aniversario de Moseley Shoals, el álbum que les cambió la vida.

Trece años sin disco nuevo. Trece. Y ahora, casi de pasada, en mitad de una conversación sobre aniversarios y nostalgia, el guitarrista de Ocean Colour Scene suelta la bomba: «Estamos trabajando en nuevos temas, porque no hemos hecho un nuevo álbum en 13 años». Así, sin aspavientos. Como quien dice que ha vuelto a coger la bici.
La excusa oficial para volver a los escenarios es el trigésimo cumpleaños de Moseley Shoals (Island Records, 1996), ese disco que convirtió a cuatro tipos de Birmingham en algo más que una banda de teloneros. Cradock lo tiene claro: «Siempre he amado Moseley Shoals porque representó el primer disco que plasmó nuestro sonido de la mejor manera». Incluso, dice, si hubiera sido el último.
La gira les trae a España entre septiembre y octubre. La primera parada anunciada es el Visor Fest, en La Marina Norte de Valencia, donde compartirán cartel con RIDE, The Damned, New Model Army, Gene, Hoodoo Gurus y The Wannadies. Un festival que parece diseñado con compás y escuadra para cierto tipo de melómano.
Lo que siempre hizo especiales a Ocean Colour Scene fue justo lo que les alejó de los focos. Cradock no se muerde la lengua: «No dimos titulares ni nos sacaban fotos saliendo borrachos de los clubs. No formamos parte del Britpop». Fueron compañeros de gira de Oasis, sí. Pero nunca quisieron jugar a ese juego. «A los sellos no les gustan los inconformistas en el negocio, porque no les gustan las bandas que controlan su propio destino», remata.
Preguntado por sus discos favoritos de la banda, Cradock dibuja una trilogía perfecta: Moseley Shoals, el recopilatorio de caras b B-Sides, Seasides & Freerides (1997) y Marchin’ Already (1997). «En esos tres álbumes, fuimos a fuego. Definitivamente, son buenísimos». El disco de caras b, dice, es casi un favorito de culto entre los fans. Hasta el diseño de Tom Hicks le sigue pareciendo genial.
El mapa de influencias del guitarrista es tan amplio como desordenado. Soul americano de los sesenta y setenta. Reggae jamaicano, desde los orígenes hasta el dancehall. The Kinks, Small Faces, Beatles, Stones, The Who. Stone Roses, «aunque son de hace treinta o cuarenta años», ríe. Y un nombre que no esperarías: Broadcast, la banda de electrónica experimental de Birmingham. «Hicieron discos muy extraños, con canciones nada complacientes. Para mí son una grandísima banda».
Hay un momento en la entrevista que trasciende la música. Cradock cuenta que su hijo Cass, de 21 años, le confesó que su generación ya no puede concentrarse como antes. Hacen scroll todo el día. Escuchan la intro de una canción y saltan a otra. «¿Cómo puede apreciar algo como Marvin Gaye?», se pregunta el guitarrista. Y aunque reconoce que todavía hay gente que compra discos y escucha vinilos —él, sus amigos, su propio hijo—, la conclusión es afilada: «Aunque suene bien, no creo que deje el mismo poso en quien la escucha».
Mientras tanto, Cradock sigue con su gira Travellers Tunes, donde mezcla temas propios y de Ocean Colour Scene acompañado por su mujer Sally y por Cass. Una fiesta familiar, dice. Y su disco en solitario, A Soundtrack to an Imaginary Movie, ya demostró que su guitarra puede moverse con soltura entre el folk y el jazz sin perder la identidad.
Ocean Colour Scene nunca fueron la banda más ruidosa ni la más fotografiada. Fueron la que mejor sonaba cuando se apagaban los flashes. Que ahora vuelvan con canciones nuevas y con la misma actitud dice bastante de por qué siguen llenando salas treinta años después.



