Morreo vuelven con ‘Plato Combinado’, su segundo álbum, disponible desde el 25 de septiembre en plataformas digitales y en dos formatos físicos a través de Mushroom Pillow. El dúo formado por Joseca y Germán ha cocinado un disco que convierte el pop en liturgia y la mesa en altar.

Tras ‘Alegría’ (2023), el dúo granadino ha grabado este nuevo trabajo en La Mina, Granada, con Raúl Pérez como productor y acompañados por Jaime Jimeno a la guitarra y Antonio Henares al bajo. El resultado son doce canciones —las dos últimas exclusivas de la edición física— que mezclan psicodelia, rock y percusiones digitales con sonidos reales de amplis y teclados.
Las referencias están sobre la mesa. Morreo miran a los 60 y los 70 pero filtrados por bandas de los 2000 que ya hacían lo mismo. Black Country, New Road, La Femme, The Lemon Twigs, Air, MGMT. Todo eso pasado por un colador propio donde cabe la ironía, el sectarismo naíf y una obsesión declarada por las letras. Ellos mismos lo dicen: es lo que más han trabajado, buscando esa sensación de culto pop construido desde lo ridículo.
El disco abre con ‘Bienvenidos’, un canapé con sabor a samba que funciona como puerta de entrada al banquete. Le sigue ‘Vamos a morir’, un tema alegre montado sobre un mellotron que abraza lo cotidiano de la muerte con una sonrisa. ‘No hagas nada’ entra en territorio psicodélico y afilado. ‘Me da la tos’ es otra cosa: una mezcla imposible entre Doraemon y Jaco Pastorius, con melodías encadenadas, bajos desbordantes y un estribillo casi militante sobre interrumpir una conversación bonita con un acto tan humano como toser.
‘Gracias por su visita’ baja el ritmo para hablar de la muerte de las cosas. El bar de siempre, la tienda de discos, la esquina que ya no existe. Melancolía pura. ‘Locos por el ritmo’ gira hacia el ye-yé y homenajea abiertamente a Zulueta y su ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’. Una celebración de lo underground y de la fijación por la música como forma de vida.
‘Fuerza bruta’ habla de despedidas, de Granada, de aferrarse a lo que tienes porque sabes que se acaba. ‘PIM, PAM, PUM’ iba a llamarse ‘Rumba de la cárcel’ y suena exactamente a eso: un bocado de rumbita rápida, un poema carcelero con espíritu berlanguiano. ‘Soy una bomba’ se sirve como postre escuchando a Las Grecas y a Klaus & Kinski, una canción sobre todas las herramientas que sirven para hacer daño. ‘Casa Amigos’ cuenta con su amiga Carol en los coros y dibuja un espacio de reunión colectivo que con el tiempo se diluye. Un sueño imposible.
Las dos pistas exclusivas del formato físico cierran el círculo. ‘Vuelta a Casa’ es una sanación íntima que duele pero que hace falta. ‘Dominó’ plantea una partida entre tú y la muerte. Sin spoiler sobre quién gana.
Hay un detalle que lo explica todo: la comida ha sido el centro de gravedad del disco. No como metáfora de estudio, sino literal. El álbum se ha concebido alrededor de comidas y cenas en compañía. Cada canción es un plato, cada plato un ritual. Y el deseo final del dúo lo confirma: quieren que la gente cocine mucho escuchando esto. Sobre fechas de presentación en directo, por ahora lo mantienen en secreto. Pero un banquete así pide mesa para muchos.



