Mac DeMarco pisó por primera vez un escenario madrileño el 18 de septiembre en La Riviera. Catorce años después de aquel álbum debut que lo convirtió en una de las grandes anomalías del indie de la pasada década, el canadiense llegó tarde. Pero llegó.

La Riviera ya no tenía un hueco libre pasadas las ocho y media. Cabezas, brazos y teléfonos ocupaban cada centímetro del foso. Horas antes, el fandom se había acumulado en las inmediaciones con un nivel de devoción que uno esperaría encontrar en la cola de un fenómeno del K-pop. Dentro, esa entrega se hizo evidente desde el primer segundo.
Apareció por el lado derecho del escenario bajo un sonido ensordecedor. Saludó, presentó a la banda y empezó a caminar de un lado a otro sin dirección aparente. Ese punto de torpeza que en cualquier otra persona sería solo eso, torpeza, en él sigue resultando inevitablemente cómico. A veces basta con verlo andar para entender ese carisma que irradia sin esfuerzo.
El Mac DeMarco de 2026 ya no es el mismo que aprendimos a reconocer hace años. The New Yorker entró en su casa de campo, en una isla frente a la costa de la Columbia Británica, para contar la parte menos amable del personaje. El alcohol había ocupado demasiado espacio en su vida. Llegó a necesitar una botella de Jameson antes de subir al escenario para combatir el pánico escénico. La figura del agente del caos entrañable pagaba el precio de sus propios excesos. Dejó de beber en 2020. Y eso lo cambió todo.
El caos sigue ahí, pero funciona de otra manera. Más cerca de la imprevisibilidad que de la imbecilidad. Puede tirarse sobre el escenario, hacer una broma absurda, cederle un par de canciones a uno de sus técnicos y volver a colocarse frente al público como si nada. La diferencia es que ya no necesita destruir nada para que aquello funcione. Hay una forma de perder el control sin perder el respeto por quienes están al otro lado. Parece haber aprendido exactamente dónde está esa frontera.
«For the First Time» abrió el concierto y no hubo tiempo para tomarle el pulso a la noche. Más de veinte canciones que miraban principalmente hacia todo lo anterior a 2020, apoyándose en ‘Guitar’ (2025) para completar la fotografía. Un regreso a casa. Los cuatro músicos que lo acompañaban entendían las reglas del juego: había músculo, pero también margen para desviarse.
Y es que a DeMarco le importa bastante poco reproducir sus canciones tal y como fueron grabadas. Siempre ha hecho gala del concierto imperfecto como forma de espectáculo. «Freaking Out the Neighborhood», ya en la recta final, lo demostró mejor que ninguna otra. La banda empezó a estirarla, acelerarla, reducirla de nuevo, jugar con el tiempo sin perder nunca ese riff circular que sostiene todo el tema. Por momentos parecía que buscaban hasta dónde podían llevarla sin romperla.
Ayudaba que no necesitara estar permanentemente agarrado a una guitarra. En canciones como «Sweeter» volvía a cogerla, pero en muchas otras se liberaba del instrumento y dejaba que sus compañeros sostuvieran el peso. Eso le permitía acercarse al público, imitar acentos, hablar sin saber muy bien qué decía ni a quién se refería. Quizá era precisamente entonces cuando más evidente resultaba ese carisma del que nadie sabe dar una definición exacta.
Pero lo que de verdad se quedó fue otra cosa. Su manera de cantar, suave, cálida, casi flotante, terminó envolviendo toda La Riviera en una atmósfera muy particular. Las melodías avanzaban con una naturalidad que hacía fácil imaginarse dentro de un coche, de noche, conduciendo solo por una autopista que no termina nunca. Catorce años de espera. Y uno de los mejores conciertos del año en Madrid.



