Los Pasos en doce canciones: psicodelia, rabia y coros de otro mundo

Los Pasos fueron una de las bandas más respetadas y consistentes de los sesenta españoles. Doce canciones bastan para entender por qué su legado sigue intacto.

Comandados por el incombustible Joaquín Torres, construyeron un repertorio coherente sostenido por un directo potente y cristalino y un dominio magistral de las armonías vocales. En 1968 protagonizaron la película Long-Play, dirigida por Javier Setó. Pero lo que importa de verdad está en sus canciones.

‘Tiempos felices’ fue un debut radiante. Guitarras elaboradísimas de Torres, teclados y voz de Joe González, letras trabajadas y juegos corales vibrantes. Pocos conjuntos de la época pueden presumir de una carta de presentación así.

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‘Nací de pie’ mostró otra cara: gamberro, descarado, con un bajo consistente y un órgano endemoniado. Descaro máximo y ganas de mover los pies. ‘No encuentro comprensión’ hundía sus raíces en la Costa Oeste gracias a la guitarra de doce cuerdas de Torres, con una letra que cargaba contra la deshumanización y la superficialidad.

‘El sueño aquel’ era, si se mira bien, un bolero reconvertido en aguerrido tema soul a base de ritmo, furia y coros bellísimos. Y luego está ‘Quiero volver’. Torres modificó la afinación de la guitarra para conseguir un inicio lisérgico, casi místico, donde el teclado de Joe roza el cielo. Una de las cimas indiscutibles del pop español de los sesenta, con una letra desarraigada que reivindica los orígenes del pueblo frente a la frialdad de la gran ciudad.

‘Ojo por ojo’ llevó la experimentación al extremo. Grabación enrevesada, efectos varios y backmaskings, todo con una mesa de cuatro pistas. La recta final es épica. ‘Ayer tuve un sueño’, compuesta en homenaje a Martin Luther King, combinaba acordes bellísimos con juegos vocales que ponen la piel de gallina. Una oda a la libertad escrita en la España de 1967.

‘El pobre (yo soy así)’ es posiblemente su composición más apocalíptica. Tonalidad y acordes menores para un texto que acongoja: «Vivimos, por desgracia, en sociedad; si te apellidas Grande, así serás. Si no es así, aunque valgas, no podrás, ni siquiera, intentar progresar». Roza la obra maestra.

‘Voces de otros mundos’ cambiaba de registro: desenfadada, psicodélica, narraba el contacto con seres extraterrestres e incorporaba un pasaje de ‘Las vacas del pueblo’ para despistar a la censura. Su letra rezaba: «Coger una guitarra y un poco de hierba». Pura picardía sesentera.

‘Yo fui el mejor’ es otro hito indiscutible. Coros embriagadores, cuerdas y vientos de estirpe beatleliana, cambios de ritmo, ambientaciones oníricas. Prueba de la libertad que Hispavox les concedió. ‘Lluvia en la estación’ apostaba por la psicodelia ácida con un potente inicio y un estribillo luminoso que lo redondeaba todo.

El cierre lo pone ‘Adiós a la tristeza’. Sobrecogedor tema que cerraba la primera y más productiva etapa de la banda, con Torres ya pensando en producir y en tener su propio estudio. Compuesta por Joe y un joven Rafael Pérez-Botija, su emotividad recuerda a los mejores Walker Brothers.

Doce canciones. Doce razones para volver a un grupo que hizo del pop español algo más grande, más libre y más valiente de lo que nadie esperaba en aquella España.

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