Jack White publica ‘Frozen Charlotte’, su séptimo álbum de estudio en solitario, editado a través de su propio sello, Third Man Records. Un disco que suena a guardián de un legado: el del rock de guitarras en todas sus formas.

Lo que hace White aquí es un ejercicio de recorrido. No se planta en un solo terreno. Pasa del garaje al hard rock, del glam al blues, de la psicodelia al funk, y en cada parada suena como si llevase toda la vida tocando eso. La experimentación existe, pero siempre dentro de un marco donde la guitarra manda y la solidez instrumental no se negocia.
En las letras hay más unidad. Todas las canciones orbitan alrededor del enfrentamiento entre el individuo y el mundo moderno. Un catálogo de vicios y actitudes que White no eleva a crítica social, sino que mantiene en lo personal, en lo individual.
«Nobody knows» abre con soberbia rockera. Riff crudo, ritmo acelerado, un toque a soul y a años sesenta que conecta directamente con The White Stripes. «I can’t believe what I’m hearing» es un estallido rápido con batería a piñón que cabría en cualquier antología del glam de los setenta. Y «She’s in a frenzy» es puro T. Rex: ritmo bailable, infeccioso, lleno de chulería.
El disco tiene también su cara dura. «Thick as thieves» lanza pullas al individualismo con riffs magistrales. «All alone again» se desarrolla a la manera compacta de Led Zeppelin, con el ritmo ralentizado y dramatismo en la voz.
El sector garaje es territorio propio. «Raising the grain» suena pesada, tribal, distorsionada, con una amplificación visceral y al límite. Su letra habla de enfrentar el dolor para reafirmarnos. «Making contact» añade cinismo y tensión antes de dar paso a los cinco minutos asfixiantes de «Neighbors blues», un blues de doce compases sobre vecinos chismosos que respira Rolling Stones por todos los costados.
«G.O.D. and the broken ribs» es otra cosa. Oscura, sucia, con un rapeado lento y toda la esencia de la Velvet Underground y Lou Reed. Un relato irónico que reimagina la historia de Adán y Eva con solos de guitarra hirientes. Su reverso, «There’s nobody there», cierra con un mundo vacío y una nueva pareja en el jardín del Edén, llenando la soledad con llamadas constantes al público.
Las trazas psicodélicas aparecen en «Dollar bill», un grito de resistencia frente al colapso económico capitalista con frases cortas y melodías con arabescos. Y en «You’ll never fix me», donde el mellotron y las guitarras afiladas construyen una atmósfera de bar nocturno. Incluso hay sitio para el funk en «Derecho demónico», con guitarras que se desmelenan en wah-wahs.
White ha grabado un disco que funciona como un mapa del rock del último medio siglo. Cada canción apunta a un lugar distinto, pero todas comparten un centro de gravedad: la guitarra, el volumen y una actitud que no pide permiso. Mientras las letras miran hacia dentro, la música mira hacia atrás sin nostalgia. Más bien con la convicción de que ese sonido todavía tiene algo que decir. Y lo dice alto.



