A finales de los sesenta, Detroit escupía distorsión mientras las costas de Estados Unidos flotaban entre flores y psicodelia blanda. De ese asfalto caliente y esas chimeneas humeantes salió Frijid Pink, una de las propuestas más viscerales del rock psicodélico y el proto-metal norteamericano.

La banda nació de las cenizas de un proyecto local llamado The Detroit Vibrations. Su formación clásica la completaron Kelly Green (Tom Beaudry) a la voz, Gary Ray Thompson a la guitarra, Tom Harris al bajo y Richard Stevers a la batería. Cuatro tipos que compartieron escenarios con The Stooges, MC5 y The Amboy Dukes. Y que eran tan populares en el circuito de Michigan que unos emergentes Led Zeppelin llegaron a abrir para ellos en el mítico Grande Ballroom de Detroit.
El nombre no esconde ningún misterio oscuro. Todo lo contrario. Stevers y otro miembro de la banda estaban pintando el cuarto de baño de los padres del batería y acabaron cubiertos de pintura rosa. La madre de Rick sugirió llamarles Frosted Pink. Después, en la cocina, alguien vio la nevera Frigidaire y propuso cambiar «Frosted» por «Frigid». El padre de Stevers remató la jugada: mejor «Frijid», con jota, porque sonaba más alemán, más moderno, más irreverente. Rosa Gélido. Así se bautiza una banda de rock en Detroit.
Su álbum debut homónimo, publicado en 1970 a través de Parrot Records, les catapultó. Incluía su versión distorsionada de ‘The House of the Rising Sun’, el clásico de The Animals, convertida en un éxito mundial. El disco alcanzó el puesto 11 en las listas estadounidenses, el número 3 en Canadá y vendió más de un millón de copias. Disco de oro. Además del gran hit, el álbum guardaba cortes de blues-rock como ‘Crying Shame’, ‘End of the Line’ o ‘Drivin’ Blues’.
‘Defrosted’, su segundo disco, llegó a finales de ese mismo año y marcó un giro radical. Lejos de la psicodelia espacial del debut, aquí todo era más pesado, más terrenal, con un uso agresivo de la guitarra fuzz. Está considerado una pieza clave del proto-heavy metal norteamericano. ‘Black Lace’ abría el álbum con más de seis minutos de riffs densos y atmósfera provocativa. ‘Pain in My Heart’ superaba los ocho minutos de blues rock lento y solos desgarradores. ‘Sloony’, un instrumental rapidísimo, evocaba la velocidad de Alvin Lee en Ten Years After. El concepto del disco giraba en torno a la pérdida de la inocencia musical: las letras abandonaban los viajes lisérgicos para abrazar la desolación urbana y las ansias de libertad en plena era de conflictos bélicos.
Pero ‘Defrosted’ fue también el principio del fin. Durante la grabación y la gira posterior, las tensiones internas reventaron al grupo. Kelly Green y Gary Ray Thompson abandonaron la banda de forma abrupta. Según las crónicas de la época, ambos creían que ellos dos solos eran la esencia de Frijid Pink. Y probablemente tenían razón.
A lo largo de los setenta publicaron cuatro álbumes bajo constantes cambios de formación. Ninguno recuperó la furia concentrada de aquellos dos primeros discos. Frijid Pink fue eso: un estallido corto, brutal y honesto que inmortalizó el caos de su propia creación. Detroit masticaba vidrio. Ellos lo convirtieron en sonido.



