Fat Dog desafían toda lógica con ‘Cancel Me, I’m Tired’, un discazo inclasificable

El segundo álbum de los londinenses Fat Dog es una montaña rusa de géneros que no debería funcionar. Y sin embargo funciona. Cada canción tira por un lado distinto, y el resultado es uno de los discos más sorprendentes del año.

Joe Love tenía el camino fácil. Repetir la fórmula electro punk desastrada que les puso en el mapa de la escena londinense y luego más allá. Pero no. ‘Cancel Me, I’m Tired’ es otra cosa. Algo más ambicioso, más retorcido, más libre. Un disco que pasa de la abrasión electrónica a las guitarras acústicas sin pedir permiso ni perdón.

La secuencia de canciones es un ejercicio de equilibrismo. “Smile and Wave” abre con distorsión electrónica pura. “Go Fuck Urself” gira hacia un techno pop que habría hecho sonreír a The Human League en sus mejores tiempos. Y el tema que da título al disco se lanza al desparrame new rave vía Madchester. Todo eso en tres canciones. Sin transición. Sin disculparse.

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Ahí empiezan las sorpresas de verdad. “Heart of Darkness” mete guitarras acústicas y melancolía pop donde nadie las esperaba. “Shit Love” vuelve al electro punk más cabreado, de esos que piden pogo espontáneo. Y entonces llega “Call It What You Want”. Un hit descomunal, como si los mencionados Human League se pusieran farrucos. La fuente lo plantea sin rodeos: ¿canción internacional del año? La pregunta no parece descabellada.

Después, “Snakes” mete una pequeña odisea de spaguetti western en mitad de todo esto. “Bad Dog” vuelve al macarreo sin concesiones. “The Devil” recupera la elegancia del western. Y el cierre con “Aliens” es lo que termina de redondear el disco: Love echa los restos como cantante, arropado por cuerdas suntuosas, en un territorio que habría hecho las delicias de los Blur más románticos.

Lo que define a ‘Cancel Me, I’m Tired’ es esa tensión entre lo deliberadamente macarra y lo inesperadamente elegante. El punto justo entre acidez y melodía. Fat Dog picotean de géneros aparentemente irreconciliables —teclados ochenteros junto a acústicas, techno pop junto a western— y lo hacen con una coherencia que no tiene explicación racional. Simplemente encaja.

Tras el suicidio comercial de otros heterodoxos británicos como Fat White Family, alguien tenía que recoger ese testigo. Fat Dog no solo lo recogen. Lo lanzan más lejos. Este disco no les confirma: les abre un horizonte que da vértigo.

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