El festival de Torremolinos redujo su formato a tres días y se trasladó al último fin de semana de agosto. El cambio trajo consigo una climatología agradecida y un cartel que volvió a demostrar por qué el Canela se ha ganado un sitio propio entre los festivales españoles.

La explanada junto a la Plaza de Toros desplegó sus ya míticos Escenarios Fistro y Jarl, más la zona de DJ bautizada como Gromenauer. Por allí pasaron Marta Abella del sello Lume, DJ Coco, Tali Carreto y un Jordi Ganchitos cuyo live descacharrante arrastró a medio recinto. Tres días en lugar de los habituales. Menos es más, o al menos eso sugirió el resultado.
Los catalanes Me And The Bees abrieron la jornada del jueves 27 con un set que mezcló sus etapas en español y en inglés, apoyándose con fuerza en su último disco, Siempre Igual (La Castanya, 2025). Distorsión, fuzz, estribillos para corear como “Me Va Genial” o “Tú No”. Una banda con un recorrido largo que sigue pidiendo a gritos más reconocimiento del que tiene.
A Man/Woman/Chainsaw, sexteto del norte de Londres liderado por Billy Ward y Emie-Mae Avery, hicieron algo distinto. Componen casi en diagonal, entre sintetizadores, guitarras fuera de tono y violines eléctricos que empujan las canciones de su álbum Cannonball hacia territorios difíciles de cartografiar. Un directo con aristas por pulir, pero con un atrevimiento que se agradece.
Lo de Geordie Greep fue otra cosa. Si Black Midi ya era un jeroglífico, su debut en solitario, The New Sound (Rough Trade, 2024), abrió puertas que nadie sabía que existían. Sobre el escenario, una big band generosa en cuerdas y vientos mientras Greep se contoneaba entre turbulencias magnéticas. Las caras del público lo decían todo: primero asombro, después reverencia. “Walk Up” y “Terra” retorcidas hasta la catarsis.
Melody’s Echo Chamber fue uno de los nombres más esperados del cartel. Melody Prochet y su banda recrearon con talento las atmósferas caleidoscópicas de Broadcast o Stereolab, pero pasadas por el filtro de una canción pop accesible y perdurable. Su voz abriéndose paso entre las brumas sonoras dejó una estela que recordaba a Trish Keenan. “Shrim”, “I Follow You”, “Some Time Alone, Alone”… todo sabiamente secuenciado. Las canciones de su reciente Unclouded (Domino Records, 2025) reclamaron su sitio con autoridad, especialmente la inmediatez de “In The Stars” y la psicodelia contenida de “The House That Doesn’t Exist”. Un concierto que todavía resuena.
El golpe duro llegó con la baja a última hora de Unknown Mortal Orchestra por una emergencia médica. Uno de los grandes reclamos del cartel se caía del programa. Pero la organización del Canela hizo lo que mejor sabe hacer: reaccionar rápido. Y trajo a Friko, una joven banda de Chicago que acabó siendo una de las grandes revelaciones del festival. Salieron a comerse el escenario con una energía que pilló desprevenido a todo el mundo. Power-pop desenfadado, diseñado para noquear al primer impacto. “Still Around”, “Seven Degrees” y sobre todo “Choo Choo” esparcieron urgencia y descaro a partes iguales. Esa sensación colectiva de estar viendo algo importante sin haberlo previsto. A veces los mejores momentos de un festival nacen de lo imprevisto.
El Canela Party sigue haciendo las cosas a su manera. Autogestionado, con un olfato particular para juntar nombres que casan entre sí y un ambiente que cualquiera que haya pisado Torremolinos en esas fechas reconoce al instante. Cambiar de formato no le ha restado nada. Si acaso, lo ha afilado.



