Once canciones sobre relaciones que duelen, crecen entre las grietas y se niegan a desaparecer. Julio de la Rosa publica ‘Las malas hierbas’ en Ernie Records y confirma que hace tiempo dejó de buscar himnos para dedicarse a algo más difícil: contar lo que queda cuando el amor se pudre.

El disco arranca con “Mala hierba”, que funciona como declaración de principios. Teclados en bucle, un tono orquestal de fondo y una voz que suena cada vez más desesperada por arrancar lo que no se deja arrancar. La metáfora es clara: las relaciones tóxicas crecen como la maleza, despacio, hasta que lo invaden todo. Y dejan cicatrices afectivas que ningún herbicida emocional consigue borrar.
De ahí salta a “Pamema”, donde un corazón roto intenta con ironía arañar el pasado para que deje de existir. “Perorata” cambia de registro: música serpenteante con tintes galácticos y un mensaje casi moral sobre volver a lo básico, a lo sencillo. En “La lata” el tono se vuelve coloquial, entre la destrucción sentimental y los abogados, con unos arreglos delicados que contrastan con la crudeza de lo que se cuenta.
El punto más alto del disco es probablemente “Teruel”, compartida con Helena Goch. El piano entra con un lirismo que tiñe todo de melancolía. Las dos voces se buscan para pedir perdón por las infidelidades, con una orquestación contenida y tacos que salpican la letra. Suena a algo que no le haría ascos Serge Gainsbourg. Y no es la única vez que el fantasma del francés sobrevuela el álbum: “Margaritas a los cerdos” recupera un piano casi desafinado y ese tono susurrante que Gainsbourg dominaba como nadie.
Hay un bloque que mira directamente a los ochenta. “Temporada de perdices” tiene una instrumentación oscura, con querencia de Parálisis Permanente, medio esotérica, hablando de eras de Acuario sobre sonidos suaves y magnéticos. “Felonía” tira de teclados sensuales y misteriosos, con una lentitud exasperante y una voz grave que narra una ruptura con calidez de barra de bar. “El no por delante” va más lejos: electrónica nocturna, de club, con una voz más volátil que en el resto del disco.
“Monigotes” quizá sea la canción más desnuda. Voz quebrada, letra simbólica y la parsimonia de quien dice las cosas porque las siente de verdad, no porque quede bien decirlas.
A estas alturas, pedirle a Julio de la Rosa estribillos que se peguen a la primera escucha es no haber entendido nada. Hace tiempo que cambió la urgencia del rock por un lenguaje más ambiguo donde conviven la canción de autor, la electrónica discreta y unas guitarras que aparecen solo cuando tienen algo que decir. ‘Las malas hierbas’ es exactamente eso: una colección de sensaciones que crecen entre las grietas, que nadie consigue eliminar del todo y que, con el tiempo, acaban siendo lo más natural del jardín.



