El Muelle de Batería acogió durante tres jornadas un cartel que cruzó pop, música urbana y electrónica ante miles de personas, con Juanes, Myke Towers, Young Miko y Paul Kalkbrenner como cabezas visibles de una edición que no dejó hueco para el aburrimiento.

Juanes fue la primera gran sacudida. El colombiano salió a comerse el escenario con una banda que no aflojó en ningún momento, alternando himnos como «A Dios le Pido», «La Camisa Negra» o «Es por Ti» con material más reciente. No hizo falta nostalgia para que funcionara: funcionó porque el tipo sigue siendo un animal de directo. Manuel Turizo tomó el relevo con un show que equilibró sensualidad, ritmo y espectáculo visual, conectando con el público desde el primer compás.
El sábado fue puertorriqueño. Myke Towers se plantó como cabeza de cartel y cumplió. Trap, reguetón, hip hop, todo a intensidad máxima. Miles de personas convirtieron el recinto en una pista de baile descomunal, y su actuación fue probablemente la más explosiva de todo el fin de semana. Después llegó Young Miko, que confirmó que el fenómeno que lleva su nombre no es humo. Puesta en escena moderna, magnetismo real y una naturalidad sobre las tablas que le da una ventaja enorme sobre artistas con el doble de recorrido.
Lo mejor del festival, para quien busca algo más que grandes nombres, estuvo en la representación gallega. Hard GZ convirtió la presión de actuar en casa en combustible puro. El vigués se encontró con un público que se sabía cada verso, y lo que salió de ahí fue una de las actuaciones más intensas del cartel. 9Louro, el joven muradán hermano de Xanma de The Rapants, rimó en gallego y dejó claro que la escena urbana de la comunidad atraviesa un momento enorme. Dos nombres que cualquier programador debería tener ya subrayados.
Luck Ra y Henry Méndez se encargaron de mantener el pulso festivo con ritmos que no dejaron quieto a nadie. Belén Aguilera ofreció el contrapunto más contenido y elegante, mostrando una evolución artística notable. El dúo Marlena volvió a hacer lo que mejor sabe: conectar con su público a base de canciones que ya funcionan como himnos generacionales.
El domingo se reservó para la electrónica, y Paul Kalkbrenner puso el broche. Su sesión transformó el puerto coruñés en una pista de baile al aire libre, construyendo ambientes con una elegancia que pocos manejan a ese nivel. Fue el cierre que una edición así necesitaba.
Morriña Fest 2026 vuelve a acertar con lo que ya parece su fórmula inamovible: un recinto privilegiado junto al mar, una organización que va afinando edición tras edición y un cartel diseñado para que públicos muy distintos encuentren su sitio sin que el festival pierda identidad. A Coruña se colocó durante tres días en el mapa de los grandes festivales europeos, y esta vez no fue por promesa, sino por hechos.



