Bass Drum of Death agotaron las entradas del Wurlitzer Ballroom de Madrid en una noche que arrancó con el synth-punk de Análisis y terminó con la sala temblando. Gira organizada por Primavera Tours. Aforo lleno. Ni un hueco.

Antes de que los Barrett tomasen el escenario, los madrileños Análisis dejaron claro que venían a morder. Quinteto de synth-punk con componentes de Boston Babies, desgranaron las canciones de su único EP —”Hogar”, “Maniquí”, “Algo Más”— con una energía que desmonta el tópico de frialdad asociado al género. Ritmos sincopados, teclados oscuros y una pulsión punk que no pide permiso.
Su cantante merece párrafo aparte. Actitud a caballo entre el punk y el glam, se bajó al público para eliminar cualquier distancia entre escenario y pista. Una presencia que choca con el hieratismo habitual del synth-punk. Hay que vigilar a estos cinco.
Llegó entonces el turno de Bass Drum of Death, el trío de John Barrett, que aterrizaba en Madrid para presentar SIX (Cobraside, 2025). Un disco producido por Jeremy Ferguson en Nashville, donde la banda reside ahora, que recupera su sonido primigenio con una producción más contundente. Pero sobre las tablas del Wurli no hubo matices de estudio. Fuzz, garage cafre y melodías que se abren paso entre la saturación. Sin bajo desde sus inicios, un rasgo que los emparenta con Fuzz, el proyecto de Ty Segall, o Night Beats.
Completan la formación Jim Barrett, hermano menor de John, a la guitarra, e Ian Kirkpatrick a la batería. Arrancaron con “I Wanna Be Forgotten” y “Nerve Jamming” y no levantaron el pie del acelerador. “Do Nothing”, “Never Gonna Drink About You”, “Bad Reputation”, “Phantom Drip”… todo disparado en cadena mientras el pequeño de los Barrett saltaba al borde del escenario sin fallar una nota. Que alguien nos explique cómo lo hace.
Hubo también tiempo para trallazos veteranos: “GB City”, “Get Found”, “Shattered Me” o la muy celebrada “Crawling After You”. El repertorio se apoyó en el disco nuevo, pero repasó varias etapas de su trayectoria. Un detalle para ojo atento: John lucía una rarísima Greco 910 de 1967 y Jim —también guitarrista de gira con The Lemonheads— empuñaba una guitarra vintage de pinta japonesa imposible de identificar desde abajo.
Cincuenta y dos minutos exactos. Sin pausas. Sin bises. Sin discursos. La filosofía Ramones aplicada con convicción: enlazar canciones, mantener la tensión y no dar tiempo a que nadie recupere el aliento. Los hermanos Barrett han hecho suya esa máxima y la ejecutan como si no conocieran otra forma de estar sobre un escenario.
Otra pequeña victoria en una sala que sigue siendo casa para muchos. Mientras el Wurlitzer Ballroom mantenga las puertas abiertas y haya bandas dispuestas a hacerlo temblar, el rock and roll de club seguirá teniendo sentido.



