Apartamentos Acapulco miran una década al espejo en ‘Todos quieren ser los campeones’

El cuarto álbum de Apartamentos Acapulco llegó el pasado 11 de septiembre vía El Ejército Rojo. Trece canciones que funcionan como balance de una década entera, a medio camino entre la celebración y el inventario.

Después de ‘La reconciliación’ (2023), donde dejaron descansar el shoegaze para asomarse a un pop más pulido con aroma a los sesenta y setenta, la pregunta era obvia: una vez hechas las paces, ¿hacia dónde se camina? La respuesta ha sido mirar atrás. Y hacerlo sin disimulo.

El título tiene su miga. Recupera el estribillo de “Tigres y leones”, aquella canción de Torrebruno, y lo da la vuelta: lo que en boca de un niño era ilusión pura, aquí suena a carrera asfixiante por las cifras, los carteles y la visibilidad. No parece casual que una de las canciones se titule “Sólo quiero descansar”. Un disco que prefiere detenerse antes que competir.

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Y ahí está la ironía. Un álbum que desconfía de la competición llegó un viernes de novedades como cualquier otro, peleando por un hueco en las listas de reproducción junto a decenas de lanzamientos. Nadie escapa del todo al tablero.

Seis de las trece canciones ya se conocían como adelantos. Llegar a la escucha completa con la mitad del material asimilado condiciona la experiencia. Más que descubrir, uno hace un ejercicio de reconocimiento. Tiene su encanto, pero es otra cosa.

Hay una constante que revela mucho del disco. “5NDND” abre el álbum reescribiendo “Nuevos discos” de Él Mató a un Policía Motorizado. “21 Versiones” lo dice en el propio título. “Scarlett (versión 10 años)” vuelve sobre una de sus primeras canciones una década después. Tres de trece piezas giran en torno a la misma idea: regresar a algo para mirarlo desde otro prisma. El álbum se abre con una canción ajena y se cierra con “Quien tiene pena no entiende”, el punto de partida del propio proyecto. Un círculo casi perfecto.

“Siempre es de noche” es lo más estimulante del conjunto. El pulso hipnótico con marcaje kraut desplaza al pop de guitarras habitual y deja ver a una banda con ganas de estirar sus costuras. Aparece justo después de “Scarlett”, de modo que la canción que más mira hacia atrás y la que más se asoma hacia delante quedan una junto a otra, casi en diálogo. “Fiesta transparente” enciende una urgencia inesperada. “BB” es pop al pleno uso: guitarras limpias y tintineantes, directo, sin trampa, de los que se quedan pegados a la primera escucha.

Pero la que golpea más fuerte es “Paracaidistas en la playa”. Las guitarras dan un paso atrás y ceden el sitio a una caja de ritmos de aire casero y a unos teclados que flotan por encima de las dos voces, entrelazadas y en primerísimo plano. Sin capas de ruido detrás de las que esconderse. Evoca al lado más íntimo de Yo La Tengo cuando bajan el volumen y cantan casi en un susurro, y también a la melancolía doméstica de The Radio Dept., ese dream pop hecho con máquinas modestas. Suena una banda que se ha atrevido a salirse de su propio mapa.

La herencia de Los Planetas en las guitarras que entierran la melodía bajo capas de ruido y la de Él Mató no se esconden, y eso les honra. Pero entre el homenaje y la voz propia queda poco espacio para lo inesperado. Reconocer de quién eres hijo con tanta franqueza acaba marcando el perímetro.

‘Todos quieren ser los campeones’ es el disco de una banda que lleva diez años haciendo canciones y que ha decidido parar un momento para contarse a sí misma lo que ha aprendido. No busca ganar ninguna carrera. Eso, en 2026, ya es una declaración de intenciones.

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