Corizonas publican su cuarto álbum de estudio. ‘Órdago’ confirma que la alianza entre miembros de Arizona Baby y Los Coronas ha dejado de ser un experimento para convertirse en un organismo con vida propia, uno que muta con cada disco y que ahora suena más libre que nunca.

Lo primero que llama la atención es la amplitud del territorio que pisan. Aquí cabe el rock eléctrico con barniz noventero de ‘Futuro ahora’ y la elegancia campestre de ‘Tren de largo recorrido’. Caben las dos cosas en el mismo disco sin que nada chirríe. Eso no es fácil.
‘Una y otra vez’ funciona como declaración de intenciones. Una reivindicación de personalidad creativa al margen de modas y lógicas de mercado, con una envergadura melódica que deja claro que Corizonas no necesitan pedir permiso a nadie. Los textos muerden con ironía y dobles lecturas. Nada es exactamente lo que parece.
La versión de ‘Tú me dejaste de querer’, el tema de C. Tangana, es la jugada más arriesgada del disco. Y sale bien. No es un capricho ni una excentricidad gratuita. Delata algo más profundo: el carácter mestizo y castizo de un álbum que no entiende de fronteras estilísticas. Un disco que lo mismo se planta en territorio latino que se detiene en la herencia de Gabinete Caligari.
Ahí aparece ‘Espejito, espejito’, con su evocación trágica arraigada en lo más hondo del pop español. Y ‘Caramelo envenenado’, que se viste de bolero desgarrado sin pudor ninguno. Mientras, ‘Nuevo mundo’ mira hacia atrás para rescatar el legado de aquellas bandas que en los sesenta iluminaron una España gris y aislada desde dentro de sus propias fronteras. El disco es un viaje sin mapa fijo pero con brújula.
Lo que hace especial a ‘Órdago’ es que las piezas se reconocen por separado. Puedes identificar de dónde viene cada influencia, cada textura, cada guiño. Pero juntas forman algo que no existía antes. Un puzle cuya imagen final es completamente nueva. Cuatro discos después, Corizonas han encontrado algo que muchas bandas persiguen toda su carrera: sonar a ellos mismos sin repetirse.
El título no es casual. Un órdago es una apuesta total. Todo o nada. Y este disco circula exactamente así: libre, a borbotones, transversal en sus influencias y radicalmente humano en su planteamiento. Una baraja repleta de ases lanzada sobre la mesa con la convicción de quien sabe que tiene la mano ganadora.


