Casi 2.000 personas llenaron el Teatro de la Axerquía de Córdoba la noche del 11 de julio para presenciar el arranque de la gira universal de OMEGA, el disco que Enrique Morente y Lagartija Nick parieron hace treinta años y que ahora regresa a los escenarios con Kiki Morente al frente.

Treinta años. Ese es el tiempo que ha pasado desde que un empecinamiento nocturno en el Albaicín granadino unió a Enrique Morente con los tres músicos que hacían «la música más rara del mundo». Lagartija Nick —Antoñito Arias, Juan Codorniú y David Fernández— salieron enmascarados al escenario cordobés para que la base de aquella batalla creativa rugiera de nuevo con rabia y orgullo.
Les acompañaban las guitarras eléctrica y flamenca de Marcos Gago y Nano del Amalio, las teclas de Juan José Machuca, percusión desbordada y cuatro voces arrancadas entre palmas y jaleos. Un ejército al servicio de un repertorio que mezcla a Lorca con Cohen y que solo necesitó a un Morente como intermediario.
Kiki abrió con los compases de «Manhattan», su voz entrelazada con la de su padre en susurros y réplicas apenas intuidas, envueltos en una psicodelia orquestal que dejó claro desde el primer minuto que esto no iba a ser una simple recreación. Poco después las luces se apagaron e Israel Galván apareció en escena. Pura androginia de brazos rebeldes y botines blancos, percutiendo el dramatismo de «Niña ahogada en el pozo» con movimientos anárquicos que mandaban el academicismo al rincón.
A partir de ahí, la ceremonia se desplegó sin red. Kiki se refugió en la desnudez de su voz —larga, atemperada, consciente de no ser la de su padre pero sin pretenderlo— para arropar «Solo del pastor bobo», «Adán» y «Sacerdotes». Gritando sangre y sudando lágrimas, como apunta la crónica. Las casi 2.000 almas del Axerquía cantaron al unísono «Balad, balad, caretas» antes de que las máscaras volvieran para entonar «Kyrie eleison» y pedir piedad envueltos en los truenos de «Omega».
El mismo brío que mecía «Vuelta de paseo» impulsó la belleza de «Asesinado por el cielo» y el orgasmo cíclico de «Ciudad sin sueño». El zapateo de Galván encontró ahí una síncopa de eternidad. Arias aprovechó el preludio del «Pequeño vals vienés» —el que Cohen compuso y recompuso en varios corazones— para afirmar que «se tardan tres vidas en llegar aquí». No exageraba.
Y entonces llegó el ancla. Aurora Carbonell, La Pelota, mater amatísima del clan Morente, apareció descalza para poner el amén y la silueta cimbreante en el último baile. Depositaria de un legado que nadie le puede arrebatar, cerró la noche recordando a todos los presentes cómo, dónde y cuándo entró en sus vidas aquel disco monumental.
OMEGA fue incomprendido, vilipendiado y finalmente venerado. Treinta años después, en el cemento cálido de una noche de julio cordobesa, sigue conmoviendo. Y sigue doliendo.



