El compositor y productor madrileño publica lo que él mismo reconoce como su primer disco que le gusta de verdad. ‘La Chica del Norte’ suena a otra época, pero habla de ahora mismo.

Roy Borland lleva años siendo el tipo al que llamas cuando necesitas que una canción funcione. Ha producido y compuesto para Teo Planell, TRISTÁN! y Teo Lucadamo, siempre desde un segundo plano cómodo. Pero en solitario es donde se desnuda. Y esta vez lo ha hecho mejor que nunca.
‘La Chica del Norte’ es, según sus propias palabras, «la primera vez en mi vida que mi música me gusta realmente». Quien haya seguido su trayectoria sabe lo que significa esa frase. No es falsa modestia. Es alguien que ha encontrado por fin el tono exacto.
En una entrevista reciente, Borland ha dejado una de esas reflexiones que se quedan pegadas. Citando a Virginia Woolf y su ‘Una habitación propia’, distingue entre escribir desde «la luz blanca del entendimiento» y hacerlo desde «la luz roja del sentimiento». Para él, componer en caliente no es ético con la música. Puede ser terapéutico, dice, pero «va a envejecer en ti de mala manera». Lo aprendió tras hacer el EP ‘Un tiempo en casa solo’ la misma noche que rompió con su pareja de cuatro años. No piensa repetirlo.
Esa filosofía se nota en cada canción del disco. ‘Ruth’, por ejemplo, ni siquiera habla de una Ruth real. Es un ejercicio al estilo de los sesenta, titular un tema con nombre de chica y construir desde ahí una escena sobre los inicios de una relación. Borland reconoce que, tras pasar por terapia, ha descubierto que su momento favorito al conocer a alguien no es estar con esa persona, sino descubrir que vas a estar con ella. La canción es «mentira entera», pero captura una sensación absolutamente verdadera.
Luego está ‘Altamar’, que ni él mismo sabe del todo qué significa. Lo dice abiertamente. Admite que se le «resbalan un montón de sentimientos» y que lo que buscaba era simplemente una canción compacta y bonita. Acabó hablando de Dios, de desorientación, de duda existencial. Incluso metió voces de otras personas cantando su letra, sin acreditarles. Un gesto raro y honesto a partes iguales.
Lo más interesante de Borland es cómo entiende la honestidad. Para él, mentir sobre uno mismo también puede ser vulnerable, porque revela inseguridad. No hay trampa en la ficción si lo que hay debajo es real. «Uno nunca puede evitar estar en cierta parte contaminado de sus propios sentimientos», dice. Y ahí está la gracia: ‘La Chica del Norte’ no pretende ser confesional, pero se le escapa la verdad por las costuras.
El disco funciona tanto para enamorarse como para lamerse las heridas. Tiene ‘Conocerte me cambió la vida’ y tiene ‘Altamar’. Tiene canciones que parecen escritas en otro siglo y un productor que entiende que el pop, despojado de artificio, sigue siendo el formato más difícil de dominar. Borland no compite con nadie. Hace música que no tiene mayor pretensión que la de existir. Y eso, ahora mismo, es casi un acto de resistencia.



