Los escoceses presentaron en Madrid su nuevo disco, ‘Do Not Dare to Dream’, pero fueron sus canciones de siempre las que incendiaron una sala abarrotada el pasado jueves.

Hay bandas que sobreviven a sus propios discos. Teenage Fanclub llevan años haciéndolo. Su nuevo trabajo, ‘Do Not Dare to Dream’, es un álbum flojo y autocomplaciente que no resiste la comparación con lo que fueron. Pero da igual. Porque cuando suben a un escenario y abren el cajón de los clásicos, no hay quien les tosa.
La salida de Gerard Love, uno de los tres compositores que sostenían el trío creativo original, dejó marca. No es casual que el bajón en estudio coincida con su ausencia. Desde ‘Here’, publicado en 2016, cuesta encontrar un momento realmente rescatable en sus grabaciones. Y eso se notó en la Sala Wagon cada vez que asomaba material reciente.
Canciones como “Tomorrow People” o “Day in the Sun” hicieron que la noche desfalleciera. El público lo acusó. Pero bastaron muy pocos compases para que todo cambiara. La concatenación de “About You” e “It’s All in My Mind” rindió por completo a una sala que estaba hasta la bandera. Ahí estaban los Teenage Fanclub que vinimos a buscar.
El momento cumbre llegó con dos rescates consecutivos de ‘Songs From Northern Britain’, su obra maestra de 1997. “I Don’t Want Control of You” seguida de “It’s a Bad World”. A esa altura, músicos y audiencia respiraban ya al mismo ritmo. Sincronía emocional pura.
Norman Blake se mostró entusiasta, volcado, disfrutando cada acorde. Raymond McGinley, más discreto pero con una capacidad de transmisión enorme, firmó los dos instantes más hermosos de la noche: una conmovedora “My Uptight Life” y una “Mellow Doubt” que se quedó grabada en el cuerpo. La base rítmica y el teclista cumplieron con solvencia, sin estorbar, poniendo todo al servicio de esas melodías que Kurt Cobain consideraba obra de la mejor banda del mundo.
El tramo final fue antológico. “The Concept” sonó inevitable y fue coreada de principio a fin. Después, un bis con tres piezas que cerraron la noche por todo lo alto: “Neil Jung”, con un divertido lapsus de Norman olvidando parte de la letra; “Can’t Feel My Soul”, defendida por Raymond con una electricidad nerviosa y urgente; y el punto final con “Everything Flows”, una tormenta controlada que lo arrasó todo. Intensidad medida al milímetro.
Teenage Fanclub ya no hacen discos que estén a la altura de su leyenda. Pero en directo siguen siendo capaces de recordarte por qué te enamoraste de ellos. Y eso, a estas alturas, vale más que cualquier álbum nuevo.
Foto: Raúl del Olmo



