Se cumplen sesenta años del primer concierto de The Jimi Hendrix Experience. Fue en el club Novelty de Évreux, en Francia, y la banda llevaba apenas una semana de vida. Una semana. Había nacido en Londres y ya estaba quemando un escenario al otro lado del Canal.

Detrás de todo estaba Chas Chandler, exbajista de The Animals, que había tropezado con Hendrix por casualidad en un concierto en Nueva York. Vio lo que había ahí y lo sacó de su vida como guitarrista de apoyo y músico de sesión para artistas de rhythm and blues y soul. Hendrix quería un trío. Un formato limpio que le dejara experimentar con el rock psicodélico y el blues eléctrico sin las reglas de nadie más. «El blues es fácil de tocar, pero difícil de sentir», decía.
Los aliados fueron Noel Redding al bajo y Mitch Mitchell a la batería. Juntos hacían explotar los escenarios. La química en directo era real, casi física. Pero fuera de ellos, la historia se contaba de dos maneras muy distintas.
Con Mitchell todo fue razonablemente bien. Venía del jazz, y su forma de tocar encajaba con la guitarra de Hendrix como si hubieran sido diseñadas para encontrarse. Cuando la banda se separó en 1969, los dos siguieron juntos. Woodstock aquel mismo año. Giras en 1970. La conexión no necesitaba el nombre del grupo para mantenerse en pie.
Con Redding la cosa fue más turbia. En lo musical funcionaba, aunque en realidad era guitarrista y el bajo no lo dominaba del todo. El problema estaba fuera del escenario. Las sesiones de grabación interminables, caóticas, con un Hendrix que no paraba de experimentar como el genio perfeccionista que era. El desgaste de las giras. Y sobre todo la sensación constante de estar en un segundo plano. Lo que terminó de romperlo fue enterarse por la prensa de que Hendrix planeaba ampliar el grupo. Redding abandonó el barco.
Años después quiso volver. Pero ya era tarde. «Yo soy el que tiene que morir cuando llegue el momento de morir, así que déjame vivir mi vida como quiero», había dejado escrito Hendrix en “If 6 was 9”, cuando apenas empezaba a convertirse en icono.
Sesenta años después de aquel primer bolo en un club francés, lo que queda no es solo la música. Es la imagen de un tipo que montó una banda en una semana, cruzó el mar y se puso a tocar como si el mundo le debiera algo. Y quizá se lo debía.



